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CONFESIÓN
Reconozco que es éste el más disparatado retrato de mi vida: por un lado quiere ser un libro de cocina y confieso que no sé cocinar. Por otro es una manifestación a medias entre lo que he querido hacer y he hecho. Pero aquí está para bien o para mal
Soy sacerdote en un escenario extraño: el de una taberna. A muchos les gustaría verme más en la iglesia, lugar al que otros no irían nunca a visitarme.
La verdad es que me ha tocado vivir un tiempo único que no volverá a repetirse y en una situación privilegiada: la transición española en el viejo Madrid que hace la historia.
Quien lea este libro como manual de cocina lo encontrará lleno de imperfecciones a pesar del trabajo corrector y erudito de mi amigo Enrique Mapelli que se ha preocupado de expurgar los cuadernos de cocina de nuestros jefes: Juan Marcos, Roberto Hierro, Josu Zubikarai, Paco Marcos, José Sanz, Pedro Monjero, Manolo Capitán, y de los pasteleros de la casa Clemente, Ortiz y Víctor Vindel. Todos ellos verdaderos autores que hacen ricas y sabrosas las comidas de nuestras tabernas. Este arte es una obra inacabada que exige el respeto de la inspiración de cada día y de cada autor, como ellos lo hacen oficiando en nuestros fogones.
Por otra parte quien quiera conocer algo de mi aventurada vida puede sospechar que Dios que pone en cada hombre su sal y su pimienta. Las más de las veces aun a pesar nuestro. Escribo algunas de estas anécdotas entre misa y mesa haciendo un balance de nuestra pequeña historia porque la historia de mi taberna se ha hecho así mezclando los sucesos con los pucheros, como ya Santa Teresa dejó claro que entre ellos anda Dios. Nunca pensé que iba a ser tabernero pero menos aún que la decisión de ser sacerdote me iba a llevar a esto. Al cabo de los años me veo regalando el vino consagrado y cobrando el sin consagrar. ¡Y a qué precios, Dios mío, lo confieso!.
Llevo lo sobrenatural en los bolsillos y a veces mis amigos, aún los aparentemente más descreídos, piden que los saque a relucir, que lo transmita y hable de ello como para andar por casa. Y se produce el encuentro. Un encuentro insospechado sobre la mesa, en las palabras y en los gestos, hasta quedar trabada la amistad de cada uno con un inesperado talante que muy bien pudiera ser llamado cristiano.
Son los demás los que me interpelan y los que me recuerdan cuando piden algo más que un buen cocido que yo soy sacerdote en medio de su mundo tan lleno de contrastes que sería imposible identificarlo con ese mundo nuestro espiritualista y eclesial que se nos encopeta a los curas por regla general. Pero se produce el hecho, surge. Y quizá Dios pone de su mano lo nosotros no sabemos ni tenemos por qué saber. La verdad es que yo me quedo confuso. No sé lo que hago. Quizás sea esa incertidumbre la verdadera fe.
¡Pero basta de rollos! Les he prometido contarles historias y lo voy a hacer en tono confidencial.





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