PICHIRRI

Una mañana apareció por la Taberna un amigo mío de Donosti, Pichirri, que venía con otro de marcado acento sevillano. Se sentaron en la mesa 15 del rincón. Pichirri me habló de su amigo como si lo conociera de toda la vida.

Confraternizar sobre el mantel me estaba resultando fácil aunque ya uno fuera encontrando tan diversas gentes y tan variadas ideas. Había acabado el servicio del mediodía y aún seguíamos allí alrededor del café. Aquel muchacho de Sevilla apuraba los cigarrillos y aportaba un discurso de ideas nuevas para mí. Pichirri, Enrique Sarasola, otorgaba un silencio de garantía.

Recuerdo que conectaba con algo que yo había leído y por lo que había caminado con “pies de plomo” buscando una teología más cercana a la vida de los hombres de este tiempo nuestro tan alejados de Dios. Acercar la vida de la Iglesia a ese mundo, hacer comprender lo incomprensible era aún más difícil. Pero yo no creaba polémica y escuchaba, me interesaba mucho escuchar en la Taberna lo que no había oído nunca en el ámbito de nuestras parroquias. Todo ello me llevaba a una profunda reflexión personal y a recrear humildemente el sentido del evangelio en lo que oía tan ajeno. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué decir? ¿Cuál era la posible respuesta a tanto interrogante?

La tarde de aquel otoño de 1976 se echó encima hablando de una sociedad en cambio, de un Dios lejano, de un pueblo, este país, en busca de otros caminos. Sarasola miró el reloj: eran las seis. Ellos tenían que asistir a una recepción en el hotel Ritz. Me pidieron que les acompañara. Yo aún vestía de clergyman y advertí: “En el Ritz exigen corbata”, no por mí sino por aquel amigo de camisa a cuadros, blue jeans y chamarra, a quien había oído predicar toda la tarde. Pasamos por El Corte Inglés y le compramos una corbata evidentemente roja a Felipe González para entrar por primera vez en el Ritz.

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