LAS NOCHES DEL REAL
La proximidad del Teatro Real con sus programas de conciertos y temporadas musicales marcaba un ritmo de trabajo especial a nuestra casa y configuraba un selecto ambiente de personas con cultura y gustos exquisitos.
Durante años nuestros clientes eran los de antes y los de después del concierto. Los primeros, madrugadores y puntuales, necesitaban una colación rápida, ligera y fácil de asimilar en la contemplación de tan bellas melodías desde una butaca del teatro. Era fundamental una buena digestión. Los segundos, los de después del concierto, venían hambrientos y sin prisa, miraban con detalle la carta. Se regodeaban con los vinos y los postres y prolongaban las sobremesas en la grata compañía de amigos comentando las incidencias y aciertos del acto. Era otro modo y otro estilo de tertulias.
Con el tiempo, las mesas, los días de los conciertos, tenían asignadas clientes fijos constantes a sus citas: abonados del real y de la Taberna. Ya sabíamos sus gustos y nos atrevíamos a tener preparado su menú para antes y después del concierto.
Las noches de los viernes y de los sábados los comedores de la Taberna ofrecían un espectáculo único. En aquel cuadro familiar cuya decoración sigue siendo la misma de cuarto de estar, parecía que la señora y el señor de la casa habían desempolvado sus mejores galas para componer una escena de otro tiempo. En algunas mesas se sentaban los músicos fatigados con sus esmóquines, los echarpes, las capas, los pañuelos de seda, un toque de distinción a un ambiente de antaño. En un rincón descansaban la carpeta con partituras y la funda del corno ingles o del violín aguardando el fin del encuentro de su amo con los admiradores y amigos.
Se suscitaba la bella polémica del arte. Se firmaban autógrafos y hasta nuevos contratos o proyectos. Era una feria elegante. Por entre aquel cuadro que componían las noches del Real desfilaban nuestras merluzas y solomillos, descorchaban nuestros vinos, humeaban los cafés y los habanos, se perdían en el anonimato y en la convivencia los más famosos intérpretes y directores artistas invitados y las glorias nacionales habituales de la ONE y RTVE.
Prudentemente y con fidelidad los miembros de los coros nacionales, del ballet, los funcionarios y aficionados asiduos constituían una clientela de diario que vivían más en la taberna que en sus casas.
Esta gran familia no desafinaba nunca, al menos entre nosotros. Las chicas del coro con Angelines Zanetti a la cabeza, los bajos y los contraltos, los tenores y los barítonos, don Miguel del Barco con su cuadro de profesores del conservatorio, autores y actores, noveles y veteranos, los alegres chicos y chicas del ballet nacional, de vez en cuando José Antonio, Antonio Márquez y Nacho Duato, Paco de Lucia entraba desde la guitarrería famosa de los hermanos. Conde, Luisillo, los divos y los más sencillos debutantes eran y son los mejores guardianes de nuestra buena reputación. Aún hoy son nuestros clientes y amigos.
La barra de la Taberna, por la que han pasado tantos buenos aprendices hoy maestros, vivía con Jesús, alias El Cabezón, sus mejores días. Jesús es un personaje con especial don para servir al cliente y crear incondicionales. Mientras maneja el cuchillo con arte para el corte del jamón del que va sacando “limosnas” para sus amigos, puede convertirse en el confidente de tu historia o en el consejero más desinteresado.
A menudo he pensado que la barra del bar es un gran confesionario donde muchas veces mis muchachos calman la sed y el hambre con algo más que con vino y tapas. Allí se escuchan lamentos y confidencias, se celebra el éxito y se ahogan las penas. Con la euforia que proporcionan el estómago lleno y el alcohol, está lista la lengua, ligera la palabra para convertir en amigo a un desconocido, en confidente a un barman y hasta en indulgente confesor de un arrepentido.
Cuantas veces he visto entrar en la Taberna a gente “por si Luis está y me da un consejo”. No entrarían así buscándome en la parroquia. Pero Jesús ha hecho escuela y aún hoy, a pesar de las distancias que han supuesto los translados de estos organismos a otros lugares de Madrid, sigue siendo punto de encuentro de viejos conocidos que dieron sus primeros pasos o sus últimas corcheas en torno al Real. Volverá a sonar la música en el Teatro Real y alevines de Jesús partirán jamón de Pedro Nieto, de Guijuelo, completando con el gusto el placer de los otros sentidos.
Así íbamos conociendo a los artistas famosos. Según los programas en cada temporada. Solíamos consultar los títulos y sus intérpretes para estar al día y poder hablar con nuestra entendida clientela . De esa forma mejoró nuestra cultura musical. Yo y mis muchachos descendimos a escuchar Pedro y el lobo, para saber lo que era una gran orquesta y hasta desempolvé mi Historia de la Música en cuadros sinópticos, preparada por Federico Sopeña, para recordar por dónde andaba el Stabat Mater de Pergolesio y qué era la música dodecafónica. Ver en mi mesa del bar tomándose un pincho a don Cristóbal Halfter, una mañana de ensayos, o a Luis de Pablo componiendo sobre nuestros veladores música española de concierto exigía mucho para mí. Una cierta curiosidad me llevaba a leer todos los días a Victoriano Fernández de Asís en ABC por si se terciaba la enhorabuena a la soprano, o el violoncelo había desafinado y debía ofrecerle “sopas de consuelo”. Yo era feliz aplaudiendo a Odón Alonso en mi casa fuera de las plateas o hablando con Enrique García Asensio como un amigo o atendiendo a Miguel Angel Martínez y a su madre como en familia. Encontraba en Felicitas Keller y en su amigo Aijón un gran apoyo para las relaciones públicas. Ellos se preocupaban de cubrir nuestra ignorancia en tan apasionante tema como el de las figuras de la música y quién era quién en las batutas y el atril. Aún recuerdo al maestro Odón Alonso con su esposa, recién abierta la Taberna, discerniendo sobre los vinos y sus precios ante la frasca de Valdepeñas y mi ignorancia. Luego íbamos a ser muy buenos amigos y siempre acudía tras sus ensayos y sus éxitos.
La casa se vestía de gala cuando entraban Arthur Rubinstein o Mstislav Rostropovich que acababa de dejar a la Reina Sofía camino de palacio.
Al maestro Andrés Segovia y a su esposa le gustaban los platos más sencillos y caseros. Hacia tertulia con Carlos Mendoza y Lucero Tena hasta bien entrada la noche, cuando su mujer daba voz de retirada.
Joaquín Rodrigo, acompañado de su hija Cecilia, era la admiración de todos nosotros. Hasta el más ignorante de mis muchachos cuando lo veía entrar desde la cocina solía decir:
-Ahí está el del Concierto de Aranjuez.
Y silbaba la melodía mientras cocineros y camareros adecuaban el paso a su ritmo componiendo un rudimentario ballet.
Había un cierto encanto musical y estábamos poseídos por los hados bajo la batuta aún presente de Ros Marbá o de López Cobos.
Era, soy y seré un amigo liso y llano de Carmelo Bernaola al que su bonhomía y paisanaje me hacían más fácilmente accesible, y compadreábamos bien en una espontánea y buena tertulia de gente de Burgos que de vez en cuando se juntaba en torno a José Luis Balbín, Luis Angel de la Viuda y mi colega sacerdotal Joaquín Luis Ortega para comernos una buenas morcillas que Luis Angel nos traía. A ella se sumaban locamente enamorados el altito Juan Manuel Golf y su acompañante con el que, en tiempos, había compartido burladero de apoderado taurino en Valencia. Noches imprevistas del real donde al concierto seguía el desconcierto de nuestra Taberna invadida de amigos que el tiempo ha hecho más viejos y queridos como la buena solera.
Conchita y Puy habían venido de Zudaire a ayudarnos. Buenas camareras y buenas gentes nos llenaron de un cariñoso toque femenino necesario. Se corrigió gracias a ellas el desaliño de las cortinas y los manteles, se planchaban mejor las servilletas y empezaron a surgir zurcidos donde antes había rotos. Nos dejamos querer. Pero Conchita se dejó querer más por Tarzán, un apreciado mozo de su tierra que venía a verla de vez en cuando, y nos la llevó del brazo a la iglesia y a Pamplona. Puy sigue siendo hoy el encuentro con los comienzos de esta casa y bajo su mando, que es mucho, sigue brillando la alabarda y la corte.
De todas formas prefería estar cerca del Teatro Real que de un campo de fútbol. Personalmente me iba más este público aunque a mi gente le aburría y hubiera deseado lo contrario.
Pronto supe apreciar que los aficionados a la música clásica eran gourmets y golosos. El índice de consumo de unas magníficas tartas de limón, de plátano e islas flotantes con merengue y ciruelas pasas que me hacía un singular viejecito americano, crecía desproporcionadamente los días de concierto, no sólo porque hubiera más clientes sino porque se pedían más postres que lo habitual. Lo cual ponía muy contento al señor Adams, mi pastelero.
Adams trabajaba en su casa y traía las tartas recién hechas antes del mediodía en una desvencijada furgoneta. La víspera yo le llamaba para hacerle el encargo según el consumo. Sentía un especial afecto por aquel hombre entrañable. Un día entró en la taberna sin tarjeta de presentación y me dijo:
-Yo soy un buen pastelero americano. Podía hacerle unas tartas caseras excepcionales y traérselas todos los días. Si usted me las vende, me las paga, si no no.
En aquellas circunstancias nosotros no teníamos más postres que los caseros que hacía Patxi, nuestro chef, y la convicción de sus palabras me llevó a probar suerte. Nuestros clientes disfrutaban con las singulares tartas del señor Adams, cosa que a él le hizo mejorar su humilde nivel de vida y su animo de artista correspondido. Yo mentía diciendo que las hacía una tía mía en casa.
Adams, personaje bohemio, aventurero y extraño, nacido en Texas, había caído por España como turista en los años sesenta. Se arruinó en una buena vida por los mejores hoteles y lugares y se quedó a vivir enamorado de nuestra tierra y de un muchacho agitanado y cetrino, hijo de la calle, de padres desconocidos, al que intentó en vano convertir en pastelero y heredero. Pero Julián, que así se llamaba, sólo llegó a lo último. Eso sí, cuido al viejo hasta su muerte en un modesto piso bajo del Pueblo Nuevo donde vivían con admirable dignidad y limpieza haciendo aquellos ricos pasteles. El americano enseñó a leer y escribir al muchacho. Juntos asistimos al entierro del señor Adams en el cementerio civil, pues no era cristiano, y a la venta de sus pequeños bártulos mientras Julián, agradecido, pintó su nombre en la furgoneta y debajo su verdadero oficio: “ADAMS. Se afilan cuchillos”. Desapareció de Madrid.
La fórmula de aquellas ricas tartas que tanto echaron de menos mis clientes se perdió por los pueblos de España. Y todo el mundo me preguntaba que qué le había pasado a mi tía….
* * *
Una noche de concierto en el Real los clientes invadieron nuestros comedores al terminar. Pero me llamó la atención una pareja que había madrugado buscando mesa, la mesa 15, en el rincón. Cuando los demás llegaron ya estaban ellos allí, como si hubieran salido antes de terminar. Tenían aspecto de extranjeros, hablaban en inglés, vestían elegantemente de gala. Tenían todo el aire de ser protagonistas de una película, de un idilio.
Les expliqué como pude nuestro menú. Ella probó nuestra exquisita merluza comprada en La Selecta, del mercado de La Latina, mi verdadero puerto de mar, y magníficamente puesta en salsa verde por Patxi. Él prefirió la carne: un solomillo rehogado por un rioja tinto. Hablaban más que comían con gestos de cariño mutuamente correspondidos.
Yo no sabía quiénes eran hasta que a los postres les di el libro de honor para su firma. Complacidos dejaron allí constancia de su presencia y del placer de nuestra comida. Cuando, apenas, tuve tiempo de reconocerlos se marcharon sin dejarme disfrutar de su compañía. Eran Shirley Mclaine y el violinista Isaac Stern.
A menudo te pasaban estas cosas.




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