LA MUERTE DE FRANCO

La Plaza de Oriente se convirtió en un hervidero. Día y noche las colas de la gente que querían despedir el cadáver del General Franco expuesto en el salón de columnas del Palacio Real llegaban hasta nuestra propia fachada de la Taberna.

Hacía ya frío de invierno. Nosotros permanecíamos veinticuatro horas abiertos y no dábamos a vasto para servir bocadillos, cafés calientes, refrescos… Una indescriptible incertidumbre se movía en el ambiente. Viejos camaradas se daban cita y consejos.

Nuevos librepensadores escudriñaban el panorama político con aliento esperanzado de cambio. Algunos temían el desorden y la revancha. Todos queríamos la paz y la transición sin traumas.

Lola Flores apareció una de las noches en la Taberna. Estaba visiblemente emocionada. La acompañaban su marido y su familia. Durante largo rato hizo cola para rendir tributo al que públicamente había manifestado su afecto y admiración.

Siempre he sentido una gran admiración por esta mujer tan fiel a sus convicciones como al rigor de su trabajo y a su familia, a la que arropa por encima de todas las circunstancias. Antonio Ordóñez estaba haciendo espera flanqueado por sus hijas Carmen y Belén. Los seguidores de Blas Piñar ostentaban brazaletes y gallardetes, banderas nacionales y de la Falange. Había una cierta mercadería de símbolos. Una música fúnebre y un lamento triste sonaban en el entorno mientras los míticos se rearmaban y nosotros, mudos de expectación y respetuoso silencio asistíamos a un espectáculo histórico único y nunca suficientemente contado.

La prensa y la televisión se reunían en nuestros comedores, desde nuestros teléfonos se hacía la crónica radiofónica, los observadores extranjeros buscaban impresiones y noticias, los rostros de las gentes eran la gran portada, la Taberna vivía en el centro de los acontecimientos. Nos habíamos convertido en testigos de la historia. Se empezaron a escribir en los manteles los pasos del tiempo de expectativa y los nombres de los nuevos protagonistas del país surgían por sorpresa en el rumor de una comida de trabajo, en la sobremesa de desconocidos clientes.

Al día siguiente los veías convertidos en políticos con mensajes de salvación para nuestro pueblo.

Poníamos la distancia precisa a cada espacio para no sentirnos poseídos por nada ni por nadie e igualmente respetados por tan diversos y apasionados criterios y personas. No era fácil. Todo tendía a envolvernos.

Para los jóvenes de veinte años de hoy ya es el pasado, y solo lo conocen por lo que contamos. Se ha perdido la pasión de aquel momento, vendrá la objetividad del juicio de la historia.

Hasta entonces no había visto una pistola en las manos de un paisano. Se le cayó a un cliente un día de aquellos en medio del comedor ante la consternación de todos. La recogí con gran respeto ante la mirada sorprendida de mis muchachos. Se la entregué a su dueño. Afortunadamente nadie disparó un tiro.

3 comments

1 antonio { 12.08.09 at 3:21 pm }

“se le cayó a un cliente” correjir “se le calló a un cliente”

2 Luis Lezama { 12.09.09 at 7:13 pm }

Antonio gracias por haberte dado cuenta de la errata, gracias a ti ya la hemos corregido.

3 Cris Sevilla { 12.21.09 at 2:22 pm }

Desde luego, desde ese lugar privilegiado de Madrid, La Taberna ha sido y será, testigo preferente de la historia de este pais.
Gracias por compartirla con nosotros.
Un saludo.

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