LA CAZADORA DE FELIPE
Mi amigo Eduardo tenía una tienda de piel cerca de la Taberna. Habíamos ganado algún dinero, rompíamos las estrecheces y angustias económicas. El Bormujano, que administraba con grandeza en aquel momento el negocio se sintió espléndido y tentado por la idea de mejorar su imagen y quitarse el frío en invierno se compró un magnífico chaquetón de piel bien forrado, lo que le daba un cierto aire de ganadero afincado.
La verdad es que después de tantos años vistiéndonos en los almacenes de Cáritas diocesana, aquello era un lógico acto de reivindicación y de asentamiento de derechos. Muy ufano de su adquisición a un precio excepcional y de amigo en la tienda de Eduardo, pactó con él un regalo similar para el cura. Así me sorprendió con otro chaquetón tres cuartos para mí. Me lo probé y estaba deseando que hiciera frío en Madrid para usarlo. Era una gozada.
Aquella noche de diciembre de 1977 estrené el abrigo. Al llegar a la Taberna lo colgué en el perchero del comedor del fondo.
Pronto llegaron los primeros clientes y yo me enfrasqué en la labor de atenderlos. Felipe González apareció en solitario buscando compartir la mesa y un rato de charla conmigo cuando yo me quedaba un poco libre en mis funciones de maître.
Con su acento sevillano, al contarle la adquisición y contemplarla exclamó:
-¡Luigi, vaya abrigo! Ya me lo podías prestar para un viaje que me ha salido a la Unión Soviética. Con éste no voy a pasar frío…
Felipe llevaba habitualmente una chamarra de cuero que se hizo con el tiempo parte de su imagen, pero que en aquél momento aún se conocía poco.
Como lo más natural, le propuse el cambio: él se llevó mi abrigo, yo me quedé con la cazadora.
Supe del viaje más tarde por unas crónicas y tengo en mi poder una fotografía de Felipe en Moscú enfundado en mí abrigo. Sobre el mítico crucero Aurora un general soviético explica a Felipe, bien pertrechado contra el frío, y a su grupo, los pormenores de la Revolución de Octubre ante el cañón que unos marineros dispararon como señal para tomar el Palacio de Invierno y derrotar el Gobierno Kerensky.
* * *
Tiempo después era un 8 de diciembre. El hotel Meliá Castilla prestaba su escenario al Congreso del PSOE en el que Felipe reafirmó su liderazgo en el partido siendo nuevamente reelegido Secretario General. Por contraste, aquella tarde, fiesta de la diócesis de Madrid, yo había pasado el día en el seminario con mis compañeros sacerdotes. Una jornada tradicional y llena de nuestro peculiar encanto, que nos hacía recordar y reafirmar las experiencias de nuestra fe y de nuestro amor a la Virgen. A la noche fui al Meliá a dar la enhorabuena al amigo. El Meliá era otro contraste de signos y palabras, de gestos y de ideas. Con las manos en los bolsillos de mi cazadora, otrora de Felipe, contemplé aquél espectáculo, saludé a amigos que había conocido en las filas de movimientos cristianos de vanguardia, con los que había compartido inquietudes de parroquia, círculos de estudio de Acción Católica.
Pero yo estaba allí en función de una amistad y quería ser solidario con el triunfo del amigo, con la inquietud de lo nuevo, con el desasosiego de lo joven, con el espíritu de un cambio y con el análisis sereno del encuentro con mi propia fe vivida aquí y ahora mismo sin más contracción con lo anteriormente vivido.
Aún llegué a tiempo de presenciar los aplausos del final de su victoria. Emocionados él y Carmen su mujer, recibían los parabienes de todos. Me acerqué a darles un abrazo y se vio complacido al ver que yo llevaba su chamarra de ante marrón.
Alguien me cogió del brazo y me dijo:
-Luís, gracias por venir. Tú postura siempre me cuestiona…Sentí rubor y salí del Meliá contento, muy contento, camino de mi albergue.
* * *
Pero tuve la cazadora poco tiempo en mi poder. Eran los albores de las primeras campañas electorales en la primavera de 1978. El Partido Socialista iniciaba sus mítines. Por primera vez se hacía públicamente en Éibar. En vísperas de este acontecimiento Felipe vino a cenar a la Taberna. Desde febrero de aquel año el PSOE había sido legalizado y la etapa de la clandestinidad había terminado. El joven líder sevillano de la camisa a cuadros, la chamarra de cuero de ante marrón trataba de darse a conocer. González para uno era un sospechoso, para otros una promesa aún inmadura, para todos una incertidumbre. A los postres me preguntó:
-Luigi, ¿dónde tienes la cazadora?
-En casa.
-Pues deberías prestármela. Mañana por la tarde salimos para Éibar y me gustaría llevarla. Parece que me da suerte…
Al día siguiente vino a buscarla y salió camino de Burgos, para entrar en Éibar. Aquel mitin debió de ser complicado a pesar de la cazadora. Aún no me la ha devuelto.





5 comments
Me ha gustado la anecdota, me recuerda a aquel que deja un libro y por tonto no se lo devuelven porque si lo hiciera seria mas tonto.
Quiero felicitaros por Navidad y desearos feliz año, tambien a Pedro y Paco. Me acuerdo mucho de tu formidable famila.
Lo escrito y un abrazo
Juan
Vaya historia! me ha encantado.
Saludos!
y tu abrigo tampoco te lo devolvio??
Don Luis muy bonita anecdota. Lo saludo en estas fechas con afecto fraterno. Cuando venga a Washington visitenos en la escuela; Sonia
Gutierrez sigue tan activa como siempre y me ha preguntado por usted
varias veces.
DIOS TE DIO LA SUERTE AHORA DALA TUUU
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