ÍÑIGO Y LA TABERNA DEL ALABARDERO

A menudo venía a buscarme al terminar mi trabajo en el arzobispado mi amigo Íñigo. Íñigo era de mi edad. Habíamos cumplido los treinta y ocho. Tenía una formación exquisita y una singular forma de ver a vida: a su clase y educación aristocrática, unía una cierta bohemia y una inquietud por transformar la sociedad en que vivíamos, que compartíamos. Era un inconformista educado. A mí e gustaba de Iñigo su cultura y su mundo, un mundo de fantasía transformando y creando los reductos de un poder que intuíamos iba a cambiar de manos, de personas. Tenía una visión universal de su pueblo al que necesitaba sacar de sus fronteras. Hacía hablar a las piedras más sencillas contándonos la historia como si hubiera sido el autor de sus monumentos. Iñigo, noble por títulos y por herencia familiar, ponía a la nobleza boca arriba. Iñigo, culto, revolvía el arte hasta hacértelo asequible y elemental. Iñigo banquero, rascaba los bolsillos de los demás y los suyos propios para ayudar sin meter ruido al más desconocido. Iñigo era amigo del pueblo y por tanto mi amigo.

Aquella tarde paseamos largo rato por os jardines que rodean el Palacio de Oriente.

Yo le contaba a Iñigo mi entrevista con el cardenal porque habíamos decidido juntos cuál iba a ser mi futuro. Él había sido el inspirador de aquella idea que Don Vicente juzgaba absurda: poner una taberna.

Es más allí enfrente de la plaza estaba el lugar elegido para ello: en la calle Felipe V, número 6, colgaba un cartelito en un local semiabandonado diciendo “Se alquila”, con un teléfono como referencia. A él habíamos llamado y ya estaban las condiciones del contrato concertadas.

Hasta bien entrada la noche nos dedicamos a planear la operación: cómo hacer la taberna, cómo decorarla y cómo llamarla.

A la mañana siguiente Iñigo me acompañó a ver a Jaime Carvajal que era director del banco Urquijo y se empeñó en avalarnos para poner en mis manos todo un capital a crédito: 650.000 pesetas, que pronto se convirtieron en los imprescindibles elementos para que aquellos 120 metros cuadrados se bautizaran como Taberna del Alabardero.

Su nombre nos lo sugirió el hecho de que por estas calles cercanas al palacio desfilaba la guardia de alabarderos en otros tiempos. Los guardias reales habían pasado al olvido pero fuimos refrescando las memorias de nuestros clientes hasta la leyenda. Las marcas de alabarderos, sus pífanos, las historias de amor derivadas de su reconocida gallardía eran fáciles de fabular ante los incipientes parroquianos. En la cocina tuvimos desde un principio la inestimable ayuda de Patxi Bericua, un lequeitarra que venía de Panier Fleuri, desde Rentaría, y que hizo buenos los primeros pasos. Así garantizamos que nuestros pucheros tuvieran buenos productos y buenos condimentos.

En la sala las cosas eran más complicadas. Teodoro Librero, alias El bormujano, por entonces recién matador de toros, daba pases inexpertos en la hostelería secundado por Jacobo Menchón alias Belmonte, que, como su apodo indica también provenía de la fiesta. Paco Moreno era un chavalín al que había que subir a una caja de Coca-Cola para que tuviera presencia en nuestra pequeña barra. Aquel mostrador de taberna que aún existe había sido objeto de la decisión mayoritaria del ayuntamiento de Chichón. Era una aportación singular a su antiguo coadjutor, porque era una barra y mostrador de mármol sirvió al rodaje de La vuelta al mundo en 80 días,

Filme que promovió la Plaza Mayor de Chinchón en todo el universo gracias a la figura de Mario Moreno Cantinflas y su éxito.

Paco Moreno se convirtió en un niño sabihondo del oficio que provocó la venida de su maestro a trabajar con nosotros, gracias a lo cual Paco Pena se hizo entrenador de toreros y maletillas para camareros. Su oficio cambió algunas vidas.

La Taberna fue un lugar de encuentros intelectuales; músicos y nuevos políticos se daban citas en sus mesas haciendo de nuestros manteles una nueva geografía social de Madrid y del país.

Pronto me di cuenta que no podía estar “en misa y repicado”. Más de una vez mientras yo cogía comandas, apuntaba “merluza en salsa verde” y “chipirones en su tinta”, sonaba el teléfono anunciándome que Doña Julia en mi parroquia de Carabaña, donde aún fui párroco tres años por acallar las voces de algunos sesudos varones diocesanos, molestos con mi decisión de abrir una taberna, estaba mal y requería mi atención. Soltaba entonces los trastos de comandero y salía corriendo para mi parroquia. Afortunadamente Doña Julia se ponía bien en cuanto ve veía entrar por la puerta de su habitación. Hasta que un día se me murió Doña Julia aprovechando mis vacaciones, bien atendida por el párroco del pueblo vecino.

La Taberna estaba presentando un tipo de restaurante diferente. Era una alternativa familiar entre el restaurante de mantel de hilo y comida sofisticada y la casa de comidas con mantel de papel y sifón comunitario. El perfil de nuestro cliente se iba definiendo. La proximidad del Teatro Real nos proporcionaba un nivel de clientela intelectual y refinada a la que gustaba nuestra comida vasca casera y veía con simpatía nuestras incertidumbres profesionales con un evidente afán de agradar. Por otra parte nuevos muchachos llamaban a mi puerta y pronto tuvimos que ampliar la residencia en un destartalado chalet de la Ciudad Lineal donde apenas dormíamos porque mis 16 muchachos y yo nos pasábamos el día y la noche en la Taberna. A menudo teníamos que lavar, secar y planchar nuestra escasa lencería. Dado el provisionalismo y la falta de profesionalidad hacíamos horas extras entre servicio y servicio mejorando las instalaciones, arreglando las averías y tratando de evitar el quedarnos sin luz por exceso de sobrecarga en mitad de una comida, lo que sucedía con frecuencia y ponía nerviosos a todos nuestros clientes.

Con frecuencia subíamos a Chinchón en una destartalada furgoneta que cargábamos de vino fiado en la cooperativa, de aceite, de ajos y del pan de roscas de Manolo, verdadero atractivo de nuestras mesas. Al menos el pan y el vino eran de garantía.

Y la merluza, reina y señora de nuestros platos. Nunca había ido a la compra hasta que me dí cuenta lo importante de una buena administración. “El dinero de la compra es la primera ganancia del restaurante” me habían dicho.

La verdad es que los restauradores profesionales me miraban con cara de pocos amigos y algún vecino tabernero auguraba: “El cura y sus muchachos se van a pegar una…Pronto se cansarán”.

Solía pasear en la mañana por el mercado de La Latina, comparaba los precios, escrudiñaba el pescado y la verdura hasta hacerme amigo de Eugenio Cantalejo, en cuyo puesto La Selecta estaba la mina posible o imposible de mi pescado.

Con un modesto administrador, buen falangista, hacía recuento de nuestros dineros y empecé a padecer y vislumbrar lo que más tarde en la informática nos han dado tan fácil, los “ratios de costos de la cesta de la compra”.

Cuántas noches pasadas haciendo sumas y restas para cuadrar los gastos y racionalizar los costes. Era una materia ingrata que no podía confiar a mis muchachos. Mezclar aquello con el aún obligado breviario era un drama que acababa conmigo maldormido en un rincón de la Taberna mientras los últimos clientes apuraban una copa de licor comprada por botellas singulares en el colmado de la esquina Casa Martín. Ese lugar era nuestro almacén, nuestro recurso y nuestro fiador. Tardé mucho tiempo en saber si la Taberna era de Martín por sus deudas o aún podíamos tenerla como nuestra.

Patxi, nuestro chef espléndido y generoso era difícil de mesurar y nuestros clientes agradecidos por sus raciones, jugaban con la fidelidad y el cariño. Pero yo no supe, hasta mucho tiempo después que en aquellas proporciones y conceptos cuanto más vendíamos más perdíamos.

Afortunadamente tras del falangista tuvimos un contable por horas empleado de la telefónica que puso un poco de orden en nuestras fianzas hasta que le entró la tentación de las rifas y los bonolotos y, creyendo hacerse rico lo arruinaron y casi lo meten en la cárcel. Lo perdimos en su audaz aventura.

Pero la Taberna era un punto de confluencia social, alegre y divertido. No siempre se cobraba lo que se consumía, no todo el mundo era importante pero parecía serlo, no eran políticos pero se hablaba mucho de política, la vida social nos afectaba y comprendí que mi condición de periodista me serviría mucho para introducirme en el mercado, así que cambié el Ecclesia por el Hola y procuré no echar sermones a mis clientes a los que no les importaba para nada mi condición eclesiástica. El clegyman se estaba dejando de usar y al jersey de cuello vuelto mal lavado le sustituyeron la camisa y la prudente corbata.

Iñigo se nos murió apenas sin disfrutar de nuestro triunfo. Una enfermedad del riñón provocó una vida heroica en sus últimos años luchando por superarla y enseñando a los demás el modo de hacerlo. Hubiéramos querido tener a Iñigo entre nosotros pero su agudeza de ingenio se nos escapó como la vida misma en una mañana de primavera. Barruntaba él su desenlace:

-Luís si me pongo malo corre a mi encuentro. Me gustaría morir diciéndote adiós y por ti reconfortado porque tú conoces lo que soy y lo que pienso. Espero que Dios me comprenda.

Habíamos hablado tantas tardes y noches de Dios…Como artista tenía una visión espiritual de las cosas y del mundo, como intelectual tenía las mismas dudas que hacen meritoria nuestra fe, como ser humano buscaba un amor perfecto que no acababa de encontrar como idealista caminábamos juntos sobre los acontecimientos en el deseo de un mundo mejor que tradujera esta sociedad que nos había tocado vivir en algo más sencillamente humano. Él deshacía las coronas nobles para hacerlas útiles a los demás. Le escuchaba muchas veces sentados sobre la alfombra de su casa, bajo un Goya, como un niño embelesado rodeado de la historia, pasmado de su grandeza. Habíamos corrido por campos de Castilla y Andalucía muchas veces para conocer mejor los pueblos y sus gentes, durmiendo en ventas y cortijos.

Aún recuerdo una noche en Baños de la Encina acompañando a nuestros maletillas de capea, su gran discurso sobre la historia de los Austrias y su familia que yo escuchaba entusiasmado mientras a ratos ahogábamos las chinches en la alcoba de la jofaina.

A Iñigo le gustaba el juego del príncipe y el mendigo. Se resistía a figurar como conde de Eril que era y diciéndolo lo engrandecía con su apasionante personalidad y con su sentido de lo popular tan lejos del esperpento. Era el noble de una España culta que había superado en el siglo XIX y se asomaba al mundo rural con propiedad y con conocimientos universitarios.
Pero se nos fue. Aún tengo clavada su mirada.

Había muerto la madre del duque de Alburquerque y él asistía en la parroquia de San José de Madrid a sus honras fúnebres.
Aquella mañana yo había tenido que ir al Arzobispado a solucionar algunos documentos pendientes. Regresaba a la taberna cuando uno de mis muchachos salió a mi encuentro:

-Don Luís, han avisado que Iñigo está muy mal. Lo llevan a la clínica de la Concepción.

Entré en urgencias al mismo tiempo que en su Camilla era trasladado al quirófano para tratar de hacerle una intervención a vida o muerte. Aún tuve tiempo de estar con él unos minutos. Era consciente me apretó la mano como asiéndose a la vida. Le di mi mejor palabra de aliento. Le recordé en dos ideas lo que tantas veces habíamos pensando juntos y mientras él asentía con la cabeza y me miraba fijamente agarrando mi mano yo dije con todas mis fuerzas:

-Iñigo, en virtud del poder que Dios me ha dado, yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Tracé el signo de la Cruz y vi que sus ojos tenían lágrimas de despedida. También los míos.

Yo escribí aquella noche:

Dios se lo lleva
no como un acto justiciero
sino como un acto de amor
que engendra en nosotros
la tristeza de los celos.

Había muerto Iñigo y yo, con él, había envejecido

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