EL PANOCHO
El Panocho tenía cara de pillo. A los catorce años me lo había traído su padre a nuestro hogar como un caso imposible. Pedrito que así se llamaba el muchacho no quería hacer nada más que vaguear por la calle, y sus fechorías tenían conmocionado al pueblo de San Pedro de Alcántara donde nosotros ya habíamos abierto casa.
Juan y Remedios habían actuado de intermediarios como farmacéuticos del lugar conocían muy bien las andanzas de aquél chico rubio y pegajoso que miraba a los demás con aparente candor e inocencia.
A Pedrito había que apartarlo de sus malas compañías y me lo llevé a Madrid para intentar que estudiara a la edad de trabajar. Lo inscribí en el colegio diocesano. Le compré el uniforme: un pantalón gris, un jersey azul marino, la camisa blanca y los zapatos negros. Cambió su imagen pero no su interior.
Pedrito no estaba por la labor y decidimos tras los intentos que ayudara en algo en la cocina. Pedrito me seguía a todas partes y yo procuraba controlar a Pedrito entre mis muchas ocupaciones. Pronto me di cuenta de que era imposible. Su afición por las máquinas de juego le llevaba a agotar mi calderilla y la de sus compañeros. Pero la simpatía, la habilidad, el desparpajo de Pedrito nos tenía a todos “comido el coco” y reíamos sus gracias peligrosamente.
Tuve que hacerle un programa especial. Aquel rubio chaval, de donde le venía el apodo de Panocho, aprendió a conducir prematuramente y asimiló todos los trucos del automóvil propios de un eficaz perista. Algunas veces mi coche cambiaba de lugar de aparcamiento sin comprender quién lo utilizaba pues las llaves de contacto estaban en mi poder.
Pedro pasó un año en Madrid sorteando las dificultades de orientar su vida de un modo más ordenado. Conseguimos crearle ciertos hábitos de trabajo y corregir su incontrolado de vida callejera ociosa. Se levantaba, llegaba a tiempo a sus obligaciones y cumplía los objetivos que Ángel Lorente, nuestro chef de cocina de la Taberna, le marcaba. Pedro era inteligente y capad. Todos teníamos la esperanza de que algún día se convirtiera en un buen cocinero. Le había cogido afición al oficio.
Llegado al verano Pedro me pidió volver a su pueblo y trabajar en la taberna de Puerto Banús. Me parecía que había cambiado y que sería un buen aliciente para su familia al verlo y disfrutar de su compañía un tiempo. Ahí me equivoqué.
Mandé al Panocho a vivir con nuestra gente de San Pedro de Alcántara, a las órdenes de Juan Marcos que desde su posición de jefe de cocina gobernaba aquella casa con entusiasmo y encomiable esfuerzo. A Juan el muchacho le cayó bien y yo veía complacido aquel verano cómo Juan le enseñaba las artes de Escofier al mismo tiempo le daba consejos paternales que asumía con atención y respeto. Pedro se convirtió en un buen ejemplo para todos los demás. El verano transcurrió sin incidencias. Agobiados por el trabajo habíamos reforzado la plantilla con muchachos de la Taberna de Madrid. Aquella sensación de campamento de verano que se creaba entre unos y otros servía para conocernos e identificarnos con lo que pronto empezó a ser algo más que un mero negocio y un reparto de beneficios con estructura de pago por nóminas y salarios.
Vivir juntos, compartir el trabajo, administrar los beneficios, responsabilizarse de las decisiones y, en muchos casos, tener de cerca de un señor que dice misa y es cura, comprendo que era una experiencia insólita y llena de contrastes para mis clientes y para mis muchachos, chicos y chicas que provenían de la oficina de empleo o del mundillo del Tribunal de Menores y de los hogares Nuevo Futuro. Crear una estructura, una jerarquía y unas reglas de juego para un equipo, compartir responsabilidades era y es toda una aventura que pone a prueba nuestra capacidad de improvisación y de adaptación. Las personas no son iguales, las situaciones tampoco, los tiempos cambian. Una continua situación de provisionalidad alienta toda vida con los jóvenes. Nunca como hasta ahora supe la capacidad de renuncia y de adaptación necesaria para poder mantener el diálogo permanente. El seminario se quedaba corto.
Vivir treinta y dos años compartiendo piso, agua, pan, tabaco y aire, alegrías y penas, noche y día, es una experiencia apasionante. Cuando sabes que en un dormitorio seriado respira más allá alguien capad de ser más que tú, más listo que tú, más audaz, más competitivo, más poderoso, entrar en lo que llamo la terapia del grupo donde toda vanidad, alarde y riqueza es relativa, no te que da más remedio que vivir con una pared de cristal y estar acostumbrado a la crítica de tus virtudes y defectos. La transparencia es fundamental.
Al pasar los años me doy cuenta que cuando no se tiene nada es muy fácil vivir la virtud de la pobreza y cuando uno está indefenso ser humilde. Lo difícil es renunciar a lo que tienes y crees que es tuyo por derecho para compartirlo. Compartir es el verdadero ejercicio de la caridad. A menudo damos lo que nos sobra y lo llamamos caridad.
Pero también he observado entre mis muchachos que cuando no se comparte lo poco que se tiene no eres más generoso cuando más posees.
A lo largo de estos años he visto lo que cuesta superar estas pruebas de convivencia diaria que son como un tránsito por la vida para unos y un permanente estar para otros que aceptamos el reto de vivir siempre en el pasillo.
Pero a Pedrito las reformas no le calaban muy hondo. Un buen día de San José fiesta del padre, nuestro restaurante del Puerto se llenó hasta la bandera. La cocina y la sala no daban más de sí. A la noche nuestro equipo estaba agotado por el esfuerzo pero con la satisfacción de ver la misión bien cumplida y la caja registradora llena de dinero. Juan, Angelita, todos se felicitaban por el éxito. El largo invierno que en el Puerto tiene aspecto de nunca acabarse, la soledad que conlleva, la escasez de recursos daba su fin y aquél preludio de trabajo en el puente de San José barruntaba la primavera, un tiempo bueno para la menguada economía de nuestros bolsillos.
Juan recogió el dinero tras el arqueo. Rellenó el libro de cuentas y dejó a buen recaudo el fruto del esfuerzo. Era la madrugada y marchó a su casa.
Al día siguiente el dinero había desaparecido y Pedrito también. Tardamos varios días en dar con él. La búsqueda laboriosa y constante, sin delatarlo a la policía, nos llevó tiempo. Recorrimos los lugares y los amigos donde la lógica nos hacía pensar que se hubiera refugiado. Indagamos a través de los datos que teníamos, sus costumbres y aficiones. Los negocios de máquinas y tragaperras nos llevaron a una pista y al fin lo encontramos.
Juan supo llegarle al corazón y hacerle cantar que había hecho con el dinero, dónde lo había escondido. El pacto de arrepentimiento provocado le condujo hasta un lugar insólito: las tapias del cementerio del pueblo. Allí desenterró lo que le quedaba del botín y devolvió parte del robo.
Tratamos todos de olvidar el suceso y rehacer con El Panocho un proyecto de vida. Él daba signos de arrepentimiento y de reformar su proceder. Juramos no volver a hablar de este asunto.
Pero la constancia no duró mucho tiempo. Un buen día Pedro desapareció de nuestra casa. Cogió sus bártulos y se marchó sin despedirse de nadie. Tenía diecisiete años y pronto iba a cumplir la edad en la que los actos delictivos se pagan en la cárcel.
Fuera de nuestro control la vida del Panocho se hizo leyenda y más tarde tragedia. Supimos de sus andancias, cada día más complicadas, por la Guardia Civil de la zona que preguntaba de vez en cuando si le habíamos visto, si sabíamos dónde estaba. Poco a poco los robos de coches y de chalés que le imputaban a él y a una banda que había organizada iban en aumento.
Un día apareció inesperadamente por la cocina de la taberna del Puerto. Su aspecto había cambiado según me contaron sus antiguos compañeros de trabajo: había crecido mucho, se había dejado el pelo largo, la ropa descuidada, estaba más delgado. Saludó a Juan y le dijo:
-No os preocupéis por mí. No tengo remedio. Espero que a don Luís y a vosotros no os suceda nada malo. Dale recuerdos al cura…
Desapareció del mismo modo. Supimos más tarde que lo habían detenido y durante un tiempo estuvo encerrado en la cárcel de Málaga. La familia nos daba de vez en cuando noticias. Los juicios y condenas por robos, uso de armas, tráfico y consumo de drogas se sucedieron. Entraba y salía del penal porque repetía sus hazañas. Fue durante un par de años un mito en la delincuencia de la costa. El Panocho ya no era un niño adolescente con esperanzas de recuperar sino un peligroso delincuente armado capad de cualquier cosa. Su mundo ya no era el nuestro. La imagen que me transmitía la policía me estremecía a mí y a todos los que le habíamos conocido. Me costaba creer que era irrecuperable a pesar de todo. Intenté verle en la cárcel y no lo conseguí: él no quería. No hubo oportunidad. Mis mensajes se perdieron en el vacío y no fue posible abrir un puente en el que yo confiaba.
Pasó un tiempo. Se consiguió un periodo más estable de libertad condicionada y regresó al pueblo. Traía en su pierna una herida de bala mal curada fruto de un ajuste de cuentas. Cojeaba con aspecto trágico para su joven edad, prematuramente envejecido y extremadamente delgado. La droga le había marcado con ese estigma de ojos hundidos y mirada vidriosa.
Su tiempo de paz fue corto: una mañana desapareció de casa de su hermana. Lo encontraron días después muerto junto a las tapias del cementerio no se sabe si por sobredosis o por venganza.
* * *
Tengo la foto de Pedro en mi despacho. Acabo de mirarla con respeto y con cariño. Era un chaval inteligente y despierto. Está en cuclillas a los pies de Juan y Angelita vestidos de novios el día de su boda. Tenía entonces quince años y muchas esperanzas: las suyas y las nuestras. Alrededor hay otros compañeros que hoy son hombres de bien, profesionales responsables. Pedrito El Panocho fue una tragedia que me cuesta asimilar cada vez que la revivo.




3 comments
PADRE LUIS: Leía su historia de PANOCHO y mi deseo de un final
felíz fue creciendo, pero no lo fue así. Bueno, lo digo aquí en la vi-
da terrenal. Esa vida que Dios nos da a nuestro albedrio y que no
siempre transcurre por lo que suponemos correcto, aunque jun-
to a nosotros hayan quienes quieran ayudarnos. No me tomaré
el atrevimiento de juzgar a PANOCHO. Esto es cosa de Dios. Sole-
mos tener nuestras ínfulas personales (egos) y creernos más que
otros. Los años nos hacen reflexionar y me han llevado a decir
que, como creyentes en Dios, debemos dar fe con nuestras actitu
des y hechos, más que aquellos no creyentes. Cosa que aprecié
en usted, Padre Luis, en las notas periodísticas que le hicieron en
su estancia en nuestro Uruguay. Sus comentarios de los empren-
dimientos con jóvenes carenciados de todo lo de la vida,queda-
ron grabados en mi mente y alma. Usted reconoció que la idea
fue adelante, de su parte, por su vida religiosa, o sea bien junto a
Dios.Digamos que ofrendó lo que realizan a Dios como verdadero
hacedor. Quien nos dice que él le permitiera a PANOCHO el final
felíz o la continuación, en las “tabernas” de la vida eterna.Que asi
sea y la Paz del deber cumplido sea con usted y sus muchachos.
UN ABRAZO desde Colonia del Sacramento, Uruguay.-
Estoy encantado de ir hasta Colonia de sacramento por este camino de internet a darte un abrazo. Me he paseado por alla de la mano de Roberto Canessa hace algunos años. Esa bella ciudad colonial te recuerda a España. Gracias por leerme: El Panocho fue un personaje que recuerdo con verdadera pasion y tristeza !
Qué historia mas triste… la vida, a veces, es así de dura y por mas que se lucha, hay cosas inevitables.
Un saludo.
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