CHINCHÓN
Pienso que aquellos años primeros de Chichón fueron los mejores de nuestra vida.
Mis muchachos también lo piensan. El paso del tiempo nos va idealizando cada momento allí vivido.
Es más, aún sigue llegando gente nueva a este pueblo en una imparable peregrinación desde Madrid, luego parece que están allí desde siempre y se afincan. Curiosamente se quedan. Se quedan a morir. Como si constituyeran ya parte de su historia.
Hace treinta y dos años el pueblo se nos desertizaba. No había alicientes para quedarse la juventud a vivir allí y emigraba a Madrid. Yo les decía: -Aguantad un poco, abrid las puertas de las casas para que vean los primeros visitantes cómo sois por dentro y se quedarán con vosotros. Será nuestra energía, nuestro futuro.
Y luchaba porque en la fonda les dieran huevos fritos con chorizo. No había más. Para que nadie se nos fuera a comer a Aranjuez. Porque era esa la tentación cercana. No había más entonces en la hoy ciudad de los mesones, de las grandes cuevas abiertas, otrora cerradas y secretas, de los hornos antes apagados y hoy sin cesar humeantes de rescoldos de chuletas de cordero, bodegas como ubres saturadas de vino que se con sume a pie de lagar sin necesidad de exportar.
¡Pruébalo! Verás como tengo razón. Vete a Chichón y vívelo.
Yo suelo soñar con que aún sigo allí en un pueblo que fue. Ya no es igual. Pero fue para que esto siga siendo lo que es y yo siga soñando como fue entonces: es como una fábula.
Era tarde cuando volví la esquina Olaya. Daban campanadas sin relojero que las gobernase en el reloj de la torre. “Este reloj no marca el tiempo de nadie”, dije para mis adentros y es que Chinchón para la historia aunque el mundo siga caminando.
Tenía frío. Era Enero, y ese vientecillo que corta el aliento viniendo del sotocerro de la Tenería me hizo meter las manos en los bolsillos y caminar ligero.
Pero subiendo la cuesta de la Amargura sentí los pasos de Machaco pregonando Fuentearriba , el periódico del pueblo que nunca se escribió: hablaba de la III Guerra Mundial y de Sadam Hussein. Los viejos del pueblo decían que era como lo que habían oído de los franceses pero en moderno.
Por la puerta de la casa 20 se asomó don Pedro. Llevaba el cabás de los primeros auxilios y acababa de atender a un paciente. Teresita me sonreía desde la ventana de su bondad eterna al volver la cuesta de la torre. Por el portón del Teatro resucitado salía Ataúlfo el Talabartero del brazo de Petrita cantando la música “del paraguas” que acompañaban los Miros y sus muchachos bajo la batuta del maestro Peco.
Don Narciso, en pijama, abrigado con albornoz y en zapatillas de pañete, paseaba por la plaza de Palacio a la luz de la luna como un hidalgo sacando las historias de sus libros de caballerías entre las piedras. Paula inventaba las telenovelas escritas para enriquecer romances de príncipes y de princesas en los corazones de las mocitas de los telares. Hacía frío pero todo era muy caliente: la mano de Tomás y las palabras de tía cohete. Miré por la ventana de la placita de Galaz y Pedro el Botero seguía haciendo las mejores botas para el mejor vino. No pasaba nada. Radio Chinchón cantaba coplas de Juanito Valderrama y daba partes de paz con dedicatorias de enamorados de Valdelaguna y Villaconejos.
De repente sentí que olía a hornazo y pan recién cocido. Era el alba de los panaderos y todo el pueblo se hacía masa y cochura para que la gran hogaza, el chusquillo y el bonete del brazo de la libreta, como dos enamorados, salieran desfilando por casa de las Lolas y de todos los Manolos panaderos que son muchos y muy buenos.
Los burros rebuznaban al amanecer y se colocaban las alas en su sitio para volar con los niños en sus lomos que no querían ir a la escuela y se escapaban a Valquejioso y a la Fuentepata. Se perdían entre jaras y tomillos. Pero los burros los buscaban luego y los encontraban y los llevaban a la clase de doña Pepi y doña Sara para que no fueran tan asnos y aprendieran letra, matemáticas y geografía.
Por el rincón, “donde hilaba la vieja”, bajaban las procesiones llenas de santos y devotos con muchos escapularios puestos. Siempre se paraban frente a la taberna de Finuras. A lo mejor para convertir a la gente que allí bebía. No sé de qué, pero para convertirles el agua en vino, el chisme en verdad, el secano en lluvia, el rencor en amor y, seguro, para que no bebieran Coca-Cola.
Entré a poner una conferencia pero no había teléfono. Se hablaba cuerpo a cuerpo con el más acá y con el más allá porque las comunicaciones eran perfectas. Todo era voluntad, buena voluntad y no necesitábamos aparatos. Hablé con Dios y con la Virgen. Solo yo estaba comunicando. Mateo me declamaba versos y una niña de primera comunión regaba con pétalos de rosas el quicio de una puerta de la plaza de las Vacas, junto al altar del Corpus que olía a incienso y primavera.
Venían del Castillo los milanos y había sonido de trompetas y atabales como saliendo de sus piedras berroqueñas. Tan fuerte que despertaba a los murciélagos de la torre de la iglesia y a los gallos de las Clarisas, buenos gallos, bien cuidados de la mano de sor Proteínas.
En Fuentelmoco se abrevaba en vino y el alfarero hacía cántaros sin fin dando vueltas y más vueltas al torno para que todos probaran el vino y el anís que se bebían juntos por dos bocas sin saber por qué. Mientras, Valentín el tocinero, ponía rodajas de salchichón en nuestras manos y tío kilo repartía chocolate de Villajoyosa.
Hacía frío en la plaza. Era invierno. Pero era tan cálido como la sangre roja de un toro y un torero en la transfusión del arte Regino y de Quiciles, herederos de Frascuelo. Un arrebato de locura en los tendidos, la oda, la alegría, todo junto desfilaba por el ruedo mientras los ángeles de La Ascensión de Goya se habían escapado de sus cuadros para gritar desde una nube colgada del cielo ebrios de amor, gorditos y felices, traviesos e indisciplinados: ¡Santo, Santo, Santo! ¡Jesús, viva la Madre que te parió! ¡Qué sueño!





2 comments
He leído tus palabras en una reunión de innovación celebrada en San Sebastián y me ha gustado mucho tu descripción del éxito.
Transcribo tus palabras y me gustaría conocerte y conocer tu gran labor social.
<>
Si me acerco por Madrid haré una visita a Chinchón.
Yo estoy caminando en esa conciencia de mi mismo y con ese despertar favorecer dinámicas de energía vital a los que me rodean (padre divorciado con dos hijas adolescentes…).
Un abrazo.
Repito las frases no transcritas…
“… estoy en una parroquia de Madrid con 1200 niños de éxito, mi mayor éxito, es enriquecedor cambiar el modelo educativo, hacia uno más participativo y SOCIALIZADO.
El código del éxito es INTERPRETAR UNA TOMA DE CONCIENCIA DE UNO MISMO Y REALIZARLA EN SOCIEDAD”
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