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	<title>Historias de mi Taberna &#187; Historias y Recetas</title>
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		<title>LA CAZADORA DE FELIPE</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 15:09:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi amigo Eduardo tenía una tienda de piel cerca de la Taberna. Habíamos ganado algún dinero, rompíamos las estrecheces y angustias económicas. El Bormujano, que administraba con grandeza en aquel momento el negocio se sintió espléndido y tentado por la idea de mejorar su imagen y quitarse el frío en invierno se compró un magnífico [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi <strong>amigo Eduardo</strong> tenía una <strong>tienda de piel cerca de la Taberna</strong>. Habíamos ganado algún dinero, rompíamos las estrecheces y angustias económicas. El <strong>Bormujano</strong>, que administraba con grandeza en aquel momento el negocio se sintió espléndido y tentado por la idea de mejorar su imagen y quitarse el frío en invierno se compró un magnífico <strong>chaquetón de piel bien forrado</strong>, lo que le daba un cierto aire de ganadero afincado.</p>
<p>La verdad es que después de tantos años vistiéndonos en los <strong>almacenes de Cáritas diocesana</strong>, aquello era un lógico acto de reivindicación y de asentamiento de derechos. Muy ufano de su adquisición a un precio excepcional y de amigo en la tienda de Eduardo, pactó con él un regalo similar para el cura. Así me sorprendió con otro chaquetón tres cuartos para mí. Me lo probé y estaba deseando que hiciera frío en Madrid para usarlo. Era una gozada.</p>
<p>Aquella noche de diciembre de 1977<strong> estrené el abrigo</strong>. <strong>Al llegar a la Taberna lo colgué en el perchero</strong> del comedor del fondo.</p>
<p><span id="more-74"></span></p>
<p>Pronto llegaron los primeros clientes y yo me enfrasqué en la labor de atenderlos. <strong>Felipe González</strong> apareció en solitario buscando compartir la mesa y un rato de charla conmigo cuando yo me quedaba un poco libre en mis funciones de maître.</p>
<p>Con su acento sevillano, al contarle la adquisición y contemplarla exclamó:</p>
<p><em>-¡Luigi, vaya abrigo! Ya me lo podías prestar para un viaje que me ha salido a la Unión Soviética. Con éste no voy a pasar frío&#8230;</em></p>
<p><strong>Felipe llevaba habitualmente una chamarra de cuero </strong>que se hizo con el tiempo parte de su imagen, pero que en aquél momento aún se conocía poco.</p>
<p>Como lo más natural, le propuse el cambio: <strong>él se llevó mi abrigo, yo me quedé con la cazadora.</strong></p>
<p>Supe del viaje más tarde por unas crónicas y <strong>tengo en mi poder una fotografía de Felipe en Moscú enfundado en mí abrigo</strong>. Sobre el mítico crucero Aurora un general soviético explica a Felipe, bien pertrechado contra el frío, y a su grupo, los pormenores de la Revolución de Octubre ante el cañón que unos marineros dispararon como señal para tomar el Palacio de Invierno y derrotar el Gobierno Kerensky.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Tiempo después era un 8 de diciembre. El <strong>hotel Meliá Castilla</strong> prestaba su escenario al <strong>Congreso del PSOE</strong> en el que <strong>Felipe reafirmó su liderazgo en el partido siendo nuevamente reelegido Secretario General</strong>. Por contraste, aquella tarde, fiesta de la diócesis de Madrid, yo había pasado el día en el seminario con mis compañeros sacerdotes. Una jornada tradicional y llena de nuestro peculiar encanto, que nos hacía recordar y reafirmar las experiencias de nuestra fe y de nuestro amor a la Virgen. A la noche fui al Meliá a dar la enhorabuena al amigo. <strong>El Meliá era otro contraste de signos y palabras, de gestos y de ideas</strong>. Con las manos en los bolsillos de mi cazadora, otrora de Felipe, contemplé aquél espectáculo, saludé a amigos que había conocido en las filas de movimientos cristianos de vanguardia, con los que había compartido inquietudes de parroquia, círculos de estudio de Acción Católica.</p>
<p>Pero yo estaba allí en función de una amistad y quería ser solidario con el triunfo del amigo, con la inquietud de lo nuevo, con el desasosiego de lo joven, con el espíritu de un cambio y con el análisis sereno del encuentro con mi propia fe vivida aquí y ahora mismo sin más contracción con lo anteriormente vivido.</p>
<p>Aún llegué a tiempo de presenciar los aplausos del final de su victoria. Emocionados él y Carmen su mujer, recibían los parabienes de todos. Me acerqué a darles un abrazo y se vio complacido al ver que yo <strong>llevaba su chamarra de ante marrón</strong>.</p>
<p>Alguien me cogió del brazo y me dijo:</p>
<p><em>-Luís, gracias por venir. Tú postura siempre me cuestiona&#8230;Sentí rubor y salí del Meliá contento, muy contento, camino de mi albergue.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: left;">Pero tuve la cazadora poco tiempo en mi poder. Eran los <strong>albores de las primeras campañas electorales en la primavera de 1978</strong>. <strong>El Partido Socialista iniciaba sus mítines</strong>. Por primera vez se hacía públicamente en Éibar. En vísperas de este acontecimiento <strong>Felipe vino a cenar a la Taberna.</strong> Desde febrero de aquel año el PSOE había sido legalizado y la etapa de la clandestinidad había terminado. El joven líder sevillano de la camisa a cuadros, la chamarra de cuero de ante marrón trataba de darse a conocer. <strong>González para uno era un sospechoso, para otros una promesa aún inmadura, para todos una incertidumbre</strong>. A los postres me preguntó:</p>
<p style="text-align: left;"><em>-Luigi, ¿dónde tienes la cazadora?<br />
-En casa.<br />
-Pues deberías prestármela. Mañana por la tarde salimos para Éibar y me gustaría llevarla. Parece que me da suerte&#8230;</em></p>
<p style="text-align: left;">Al día siguiente vino a buscarla y salió camino de Burgos, para entrar en Éibar. Aquel mitin debió de ser complicado a pesar de la cazadora. Aún no me la ha devuelto.</p>
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		<title>EL PANOCHO</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Nov 2009 13:06:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>

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		<description><![CDATA[El Panocho tenía cara de pillo. A los catorce años me lo había traído su padre a nuestro hogar como un caso imposible. Pedrito que así se llamaba el muchacho no quería hacer nada más que vaguear por la calle, y sus fechorías tenían conmocionado al pueblo de San Pedro de Alcántara donde nosotros ya [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Panocho</strong> tenía cara de pillo. A los catorce años me lo había traído su padre a nuestro hogar como un caso imposible. <strong>Pedrito</strong> que así se llamaba el muchacho no quería hacer nada más que vaguear por la calle, y sus fechorías tenían conmocionado al pueblo de <strong>San Pedro de Alcántara</strong> donde nosotros ya habíamos abierto casa.</p>
<p><strong>Juan y Remedios</strong> habían actuado de intermediarios como farmacéuticos del lugar conocían muy bien las andanzas de aquél chico rubio y pegajoso que miraba a los demás con aparente candor e inocencia.</p>
<p><strong>A Pedrito había que apartarlo de sus malas compañías </strong>y me lo llevé a Madrid para intentar que estudiara a la edad de trabajar. Lo inscribí en el colegio diocesano. Le compré el uniforme: un pantalón gris, un jersey azul marino, la camisa blanca y los zapatos negros. <strong>Cambió su imagen pero no su interior.<span id="more-66"></span></strong></p>
<p><strong>Pedrito no estaba por la labor</strong> y decidimos tras los intentos que ayudara en algo en la cocina. Pedrito me seguía a todas partes y yo procuraba controlar a Pedrito entre mis muchas ocupaciones. Pronto me di cuenta de que era imposible. <strong>Su afición por las máquinas de juego le llevaba a agotar mi calderilla y la de sus compañeros</strong>. Pero la simpatía, la habilidad, el desparpajo de Pedrito <strong>nos tenía a todos “comido el coco” y reíamos sus gracias peligrosamente.</strong></p>
<p><strong>Tuve que hacerle un programa especial</strong>. Aquel rubio chaval, de donde le venía el apodo de <strong>Panocho</strong>, aprendió a conducir prematuramente y asimiló todos los trucos del automóvil propios de un eficaz perista. Algunas veces mi coche cambiaba de lugar de aparcamiento sin comprender quién lo utilizaba pues las llaves de contacto estaban en mi poder.</p>
<p>Pedro pasó un año en Madrid sorteando las dificultades de orientar su vida de un modo más ordenado. Conseguimos crearle ciertos hábitos de trabajo y corregir su incontrolado de vida callejera ociosa. Se levantaba, llegaba a tiempo a sus obligaciones y cumplía los objetivos que <strong>Ángel Lorente, nuestro chef de cocina de la Taberna</strong>, le marcaba. Pedro era inteligente y capad. Todos teníamos la esperanza de que algún día se convirtiera en un buen cocinero. Le había cogido afición al oficio.</p>
<p>Llegado al verano Pedro me pidió volver a su pueblo y <strong>trabajar en la taberna de Puerto Banús.</strong> Me parecía que había cambiado y que sería un buen aliciente para su familia al verlo y disfrutar de su compañía un tiempo. Ahí me equivoqué.</p>
<p><strong>Mandé al Panocho a vivir con nuestra gente de San Pedro de Alcántara</strong>, a las órdenes de <strong>Juan Marcos</strong> que desde su posición de <strong>jefe de cocina</strong> gobernaba aquella casa con entusiasmo y encomiable esfuerzo. A Juan el muchacho le cayó bien y yo veía complacido aquel verano cómo Juan le enseñaba las<strong> artes de Escofier</strong> al mismo tiempo le daba consejos paternales que asumía con atención y respeto. Pedro se convirtió en un buen ejemplo para todos los demás. El verano transcurrió sin incidencias. Agobiados por el trabajo habíamos reforzado la plantilla con muchachos de la Taberna de Madrid. Aquella sensación de campamento de verano que se creaba entre unos y otros servía para conocernos e identificarnos con lo que pronto empezó a ser algo más que un mero negocio y un reparto de beneficios con estructura de pago por nóminas y salarios.</p>
<p>Vivir juntos, compartir el trabajo, administrar los beneficios, responsabilizarse de las decisiones y, en muchos casos, tener de cerca de un señor que dice misa y es cura, comprendo que era una experiencia insólita y llena de contrastes para mis clientes y para mis muchachos, chicos y chicas que <strong>provenían de la oficina de empleo o del mundillo del Tribunal de Menores y de los hogares Nuevo Futuro</strong>. Crear una estructura, una jerarquía y unas reglas de juego para un equipo, compartir responsabilidades era y es toda una aventura que pone a prueba nuestra capacidad de improvisación y de adaptación. Las personas no son iguales, las situaciones tampoco, los tiempos cambian. Una continua situación de provisionalidad alienta toda vida con los jóvenes. Nunca como hasta ahora supe la <strong>capacidad de renuncia y de adaptación necesaria para poder mantener el diálogo permanente</strong>. El seminario se quedaba corto.</p>
<p>Vivir treinta y dos años compartiendo piso, agua, pan, tabaco y aire, alegrías y penas, noche y día, es una <strong>experiencia apasionante</strong>. Cuando sabes que en un dormitorio seriado respira más allá alguien capad de ser más que tú, más listo que tú, más audaz, más competitivo, más poderoso, entrar en lo que llamo la terapia del grupo donde toda vanidad, alarde y riqueza es relativa, no te que da más remedio que vivir con una pared de cristal y estar acostumbrado a la crítica de tus virtudes y defectos. <strong>La transparencia es fundamental.</strong></p>
<p>Al pasar los años me doy cuenta que cuando no se tiene nada es muy fácil vivir la virtud de la pobreza y cuando uno está indefenso ser humilde. <strong>Lo difícil es renunciar a lo que tienes y crees que es tuyo por derecho para compartirlo</strong>. Compartir es el verdadero ejercicio de la caridad. <strong>A menudo damos lo que nos sobra y lo llamamos caridad.</strong></p>
<p>Pero también he observado entre mis muchachos que cuando no se comparte lo poco que se tiene no eres más generoso cuando más posees.</p>
<p>A lo largo de estos años he visto lo que cuesta superar estas <strong>pruebas de convivencia diaria</strong> que son como un tránsito por la vida para unos y un permanente estar para otros que aceptamos el reto de vivir siempre en el pasillo.</p>
<p>Pero a Pedrito las reformas no le calaban muy hondo. Un buen día de San José fiesta del padre, nuestro restaurante del Puerto se llenó hasta la bandera. La cocina y la sala no daban más de sí. A la noche nuestro equipo estaba agotado por el esfuerzo pero con la satisfacción de ver la misión bien cumplida y la caja registradora llena de dinero. Juan, Angelita, todos se felicitaban por el éxito. El largo invierno que en el Puerto tiene aspecto de nunca acabarse, la soledad que conlleva, la escasez de recursos daba su fin y aquél preludio de trabajo en el puente de San José barruntaba la primavera, un tiempo bueno para la menguada economía de nuestros bolsillos.</p>
<p>Juan recogió el dinero tras el arqueo. Rellenó el libro de cuentas y dejó a buen recaudo el fruto del esfuerzo. Era la madrugada y marchó a su casa.</p>
<p>Al día siguiente <strong>el dinero había desaparecido y Pedrito también</strong>. Tardamos varios días en dar con él. La búsqueda laboriosa y constante, sin delatarlo a la policía, nos llevó tiempo. Recorrimos los lugares y los amigos donde la lógica nos hacía pensar que se hubiera refugiado. Indagamos a través de los datos que teníamos, sus costumbres y aficiones. Los negocios de máquinas y tragaperras nos llevaron a una pista y al fin lo encontramos.</p>
<p>Juan supo llegarle al corazón y hacerle cantar que había hecho con el dinero, dónde lo había escondido. El pacto de arrepentimiento provocado le condujo hasta un lugar insólito: las tapias del cementerio del pueblo. Allí<strong> desenterró lo que le quedaba del botín y devolvió parte del robo.</strong></p>
<p>Tratamos todos de olvidar el suceso y <strong>rehacer con El Panocho un proyecto de vida</strong>. Él daba signos de arrepentimiento y de reformar su proceder. Juramos no volver a hablar de este asunto.</p>
<p>Pero la constancia no duró mucho tiempo. Un buen día <strong>Pedro desapareció de nuestra casa</strong>. Cogió sus bártulos y se marchó sin despedirse de nadie. Tenía diecisiete años y pronto iba a cumplir la edad en la que los actos delictivos se pagan en la cárcel.</p>
<p>Fuera de nuestro control <strong>la vida del Panocho se hizo leyenda y más tarde tragedia</strong>. Supimos de sus andancias, cada día más complicadas, por la Guardia Civil de la zona que preguntaba de vez en cuando si le habíamos visto, si sabíamos dónde estaba. Poco a poco los robos de coches y de chalés que le imputaban a él y a una banda que había organizada iban en aumento.<br />
Un día apareció inesperadamente por <strong>la cocina de la taberna del Puerto</strong>. Su aspecto había cambiado según me contaron sus antiguos compañeros de trabajo: había crecido mucho, se había dejado el pelo largo, la ropa descuidada, estaba más delgado. Saludó a Juan y le dijo:</p>
<p><em>-No os preocupéis por mí. No tengo remedio. Espero que a don Luís y a vosotros no os suceda nada malo. Dale recuerdos al cura&#8230;</em></p>
<p>Desapareció del mismo modo. Supimos más tarde que lo habían detenido y durante un tiempo estuvo encerrado en la cárcel de Málaga. La familia nos daba de vez en cuando noticias. Los juicios y condenas por robos, uso de armas, tráfico y consumo de drogas se sucedieron. Entraba y salía del penal porque repetía sus hazañas. Fue durante un par de años un mito en la delincuencia de la costa. <strong>El Panocho ya no era un niño adolescente con esperanzas de recuperar sino un peligroso delincuente armado capad de cualquier cosa</strong>. Su mundo ya no era el nuestro. La imagen que me transmitía la policía me estremecía a mí y a todos los que le habíamos conocido. Me costaba creer que era irrecuperable a pesar de todo. Intenté verle en la cárcel y no lo conseguí: él no quería. No hubo oportunidad. Mis mensajes se perdieron en el vacío y no fue posible abrir un puente en el que yo confiaba.</p>
<p>Pasó un tiempo. Se consiguió un periodo más estable de libertad condicionada y regresó al pueblo. Traía en su pierna una herida de bala mal curada fruto de un ajuste de cuentas. Cojeaba con aspecto trágico para su joven edad, prematuramente envejecido y extremadamente delgado. <strong>La droga le había marcado con ese estigma de ojos hundidos y mirada vidriosa.</strong></p>
<p>Su tiempo de paz fue corto: una mañana desapareció de casa de su hermana. Lo encontraron días después muerto junto a las tapias del cementerio <strong>no se sabe si por sobredosis o por venganza.</strong></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Tengo la foto de Pedro en mi despacho. Acabo de mirarla con respeto y con cariño. Era un chaval inteligente y despierto. Está en cuclillas a los pies de Juan y Angelita vestidos de novios el día de su boda. <strong>Tenía entonces quince años y muchas esperanzas: las suyas y las nuestras.</strong> Alrededor hay otros compañeros que hoy son hombres de bien, profesionales responsables. <strong>Pedrito El Panocho fue una tragedia que me cuesta asimilar cada vez que la revivo.</strong></p>
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		<title>LA MUERTE DE FRANCO</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Oct 2009 12:26:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La Plaza de Oriente se convirtió en un hervidero. Día y noche las colas de la gente que querían despedir el cadáver del General Franco expuesto en el salón de columnas del Palacio Real llegaban hasta nuestra propia fachada de la Taberna.
 Hacía ya frío de invierno. Nosotros permanecíamos veinticuatro horas abiertos y no dábamos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La Plaza de Oriente se convirtió en un hervidero.</strong> Día y noche las colas de la gente que querían <strong>despedir el cadáver del General Franco </strong>expuesto en el salón de columnas del Palacio Real llegaban hasta nuestra propia fachada de la <strong>Taberna.</strong></p>
<p><strong></strong> Hacía ya frío de invierno. Nosotros permanecíamos veinticuatro horas abiertos y no dábamos a vasto para servir bocadillos, cafés calientes, refrescos&#8230; Una indescriptible incertidumbre se movía en el ambiente. Viejos camaradas se daban cita y consejos.</p>
<p>Nuevos librepensadores escudriñaban el panorama político con aliento esperanzado de cambio. Algunos temían el desorden y la revancha. Todos queríamos la paz y la transición sin traumas.<span id="more-60"></span></p>
<p><strong>Lola Flores apareció una de las noches en la Taberna. </strong>Estaba visiblemente emocionada. La acompañaban su marido y su familia. Durante largo rato hizo cola para rendir tributo al que públicamente había manifestado su afecto y admiración.</p>
<p>Siempre he sentido una gran admiración por esta mujer tan fiel a sus convicciones como al rigor de su trabajo y a su familia, a la que arropa por encima de todas las circunstancias. <strong>Antonio Ordóñez</strong> estaba haciendo espera flanqueado por sus hijas Carmen y Belén. Los seguidores de <strong>Blas Piñar</strong> ostentaban brazaletes y gallardetes, banderas nacionales y de la Falange. Había una cierta mercadería de símbolos. Una música fúnebre y un lamento triste sonaban en el entorno mientras los míticos se rearmaban y nosotros, mudos de expectación y respetuoso silencio asistíamos a un espectáculo histórico único y nunca suficientemente contado.</p>
<p><strong>La prensa y la televisión se reunían en nuestros comedores,</strong> desde nuestros teléfonos se hacía la crónica radiofónica, los observadores extranjeros buscaban impresiones y noticias, los rostros de las gentes eran la gran portada,<strong> la Taberna</strong> vivía en el centro de los acontecimientos. <strong>Nos habíamos convertido en testigos de la historia</strong>. Se empezaron a escribir en los manteles los pasos del tiempo de expectativa y los nombres de los nuevos protagonistas del país surgían por sorpresa en el rumor de una comida de trabajo, en la sobremesa de desconocidos clientes.</p>
<p>Al día siguiente los veías convertidos en políticos con mensajes de salvación para nuestro pueblo.</p>
<p>Poníamos la distancia precisa a cada espacio para no sentirnos poseídos por nada ni por nadie e igualmente respetados por tan diversos y apasionados criterios y personas. No era fácil. Todo tendía a envolvernos.</p>
<p>Para los jóvenes de veinte años de hoy ya es el pasado, y solo lo conocen por lo que contamos. <strong>Se ha perdido la pasión de aquel momento</strong>, vendrá la objetividad del juicio de la historia.</p>
<p>Hasta entonces no había visto una pistola en las manos de un paisano. Se le cayó a un cliente un día de aquellos en medio del comedor ante la consternación de todos. La recogí con gran respeto ante la mirada sorprendida de mis muchachos. Se la entregué a su dueño. Afortunadamente nadie disparó un tiro.</p>
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		<title>1975: ALFONSO SÁNCHEZ Y ANTONIO D. OLANO LA TABERNA, LUGAR DE ENCUENTROS</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Oct 2009 12:04:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>
		<category><![CDATA[Historias]]></category>

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		<description><![CDATA[Hacía pocos días que habíamos abierto la Taberna cuando una persona popular, en aquel entonces, en todos los medios de comunicación por su conocimiento del mundo del cine, sus actuaciones en la televisión y sus columnas en el diario Informaciones, que eran seguidas por el público. Se trataba de Alfonso Sánchez.
Vino de la mano de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hacía pocos días que habíamos abierto la <strong>Taberna</strong> cuando una persona popular, en aquel entonces, en todos los medios de comunicación por su conocimiento del mundo del cine, sus actuaciones en la televisión y sus columnas en el <strong>diario Informaciones</strong>, que eran seguidas por el público. Se trataba de <strong>Alfonso Sánchez.</strong></p>
<p>Vino de la mano de un querido amigo que me había escuchado siempre como un confesor en los primeros pasos por el mundillo taurino y periodístico de Madrid, buscando oportunidades para mis muchachos y algo para vender y así poder comer en mi albergue: <strong>Antonio D. Olano.<span id="more-55"></span></strong></p>
<p>Por aquél entonces el <strong>diario Pueblo</strong>, bajo la batuta de <strong>Emilio Romero</strong>, había sido un buen semillero de profesionales periodistas. Desde mis tiempos de Chinchón había encontrado en su redacción buenos amigos. Además de Antonio, la personalidad profesional de <strong>Tico Medina</strong> me causaba admiración. Allí traté al desaparecido <strong>Yale</strong>, a <strong>José Luís Dávila</strong>, entrañable caricaturista, <strong>Manolo Summers</strong>, <strong>Raúl del Pozo</strong>, con quién aún recuerdo unas copas demás por acompañar al desaparecido <strong>Eugenio Domingo</strong> en una de sus últimas cenas en el<strong> Café de Oriente</strong>, a Blanco Tobío, Victoriano Fernández Asís, Jesús de la Serna, Alfredo Amestoy, el viejo José Lebrón, y algunos, por entonces eclesiásticos como yo, Antonio Aradillas, que lo sigue siendo, Juan Arias, Gerardo Rodríguez y Abel Hernández, que lo dejaron. Con Luís Ángel de la Viuda y José Antonio Gurriarán <strong>el diario Pueblo cumplió un interesante periplo en este país hasta desaparecer.</strong></p>
<p><strong>Antonio D. Olano</strong> estaba entonces en una fecunda labor de <strong>reportero cronista y autor</strong>. Sus artículos entre nosotros y su presencia era familiar. Sigue siéndolo aunque intente con poco éxito por mi azarosa vida, llevarme al fútbol a ver al <strong>Atlético de Madrid</strong> del que siempre fue un apasionado seguidor.</p>
<p>Hace poco, Antonio me dejó impresionado al regalarme una fotografía del <strong>Che Guevara en uniforme paseándose</strong> con él en el año 1959 <strong>delante de los jardines de la Plaza de Oriente junto a la Taberna</strong>. Y me contó la siguiente historia:</p>
<blockquote><p><em>“Atendí al Che en su última visita a Madrid e hice un reportaje con el fotógrafo César Lucas, que se prohibió en nuestro país pero que se publicó en el Diario de la Marina de la Habana. Poco tiempo después se cerraría. Lo curioso es que el Che quería conocer una plaza de toros. Era domingo y me abrieron la Plaza de Carabanchel a las seis de la mañana. Fui con el fotógrafo e hicimos allí un reportaje recién amaneció. Se veía la gente que iba a trabajar por la calle a pesar de ser domingo. Algunos le conocían, le saludaban y hubo hasta quién se arrodilló delante de él como si fuera un dios.</em></p>
<p><em>Fue un día muy intenso. Quería hacer compras pues se iba para Moscú, y estaban las tiendas cerradas. Se me ocurrió llamar a Pepín Fernández. Nos mandó a su hijo. Abrieron Galerías Preciados y el Che Guevara se compró una máquina de escribir y unos libros. Finalmente le acompañé al aeropuerto donde, por culpa de una pistola que llevaba, casi acabo yo en la dirección de seguridad”.</em></p></blockquote>
<p><strong>La fidelidad apasionada de Antonio hacia sus amigos y hacia sus ideas siempre me ha causado admiración y respeto</strong>. Sabe muy bien distinguir lo uno de lo otro para colocar a cada uno en su sitio sin que jamás me haya herido en las discrepancias.</p>
<p>El público conoce más su <strong>buena pluma</strong> que su destacable <strong>fidelidad por sus amigos</strong>. Aún recuerdo momentos difíciles en los que Antonio era una de las pocas personas que se hacía presente aunque solo fuera para desbloquearme los problemas con su fina ironía y su humor grandilocuente y bohemio.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p><strong>Alfonso Sánchez</strong> plantó su cátedra en la <strong>mesa 5</strong>, en el primer comedor según se entra en la <strong>Taberna</strong>, cerca de la puerta, porque decía que allí respiraba mejor. Tenía problemas de asma pero no por eso dejaba de fumar. Sobre el mármol del velador, retirando el mantel como a él le gustaba escribía algunas veces allí su columna para el periódico y la mandaba por alguno de nuestros muchachos a la calle San Roque no sin antes darles una propina para el taxi, cosa que estaban deseando pues luego se la guardaban e iban andando a paso ligero o en metro.<strong> ¡Entonces no había fax!</strong></p>
<p><strong>Alfonso Sánchez tenía síndrome de café antiguo.</strong> Pienso que le hubiera gustado nuestro <strong>Café de Oriente</strong> al que mucha gente da por anterior pero he de aclarar que no lo abrimos hasta el año 1982. Antes era una imprenta. Todos sus elementos fueron buscados con verdadera pasión y recompuestos como pudo ser el verdadero café que existió donde hoy es Real Musical en la calle Carlos III.</p>
<p>Pero don Alfonso era al entorno un popular del medio día. Por las noches no era frecuente. <strong>Le gustaban los platos de cuchara y la comida familiar</strong>. Picaba poco de muchas cosas. Clásico solterón, daba cita allí a sus amistades para compartir la mesa como si fuera el cuarto de estar de su casa. Prolongaba la sobremesa con una copa de güisqui sin hielo hasta ir a un cine a la hora del estreno. Cuando estaba solo aprovechaba yo para sentarme y compartir un tiempo delicioso en el que me hablaba de sus conocimientos cinematográficos o de los caballos, otra de sus pasiones. Aprendí de él tanta historia del cine como con Román Gubert en mis años de escuela.</p>
<p>Un día de enero de 1975 me sorprendió con esta <strong>columna en el Diario Informaciones</strong>, que ahora reproduzco veinte años después. Fue <strong>nuestra primera promoción</strong>. Hacía apenas dos meses y medio que se había abierto la <strong>Taberna:</strong></p>
<blockquote><p><strong>Del redondel al mantel</strong>:</p>
<p>“El diestro Antonio Sánchez tuvo una taberna. Se hizo famosa en los anales de la ciudad. Antonio Díaz-Cañabate ha escrito su historia. He acudido más de una vez al restaurante de Félix Colomo, también situado en barrio castizo. Curro Romero tiene su mesón, pero en cómodo plan de propietario. Es probable que existan más relaciones entre la tauromaquia y la gastronomía. Del redondel al mantel podría titularse el capítulo. Hay nuevos nombres para añadir: <strong>Teodoro Librero (El Bormujano) y Jacobo Belmonte</strong>.</p>
<p>Aún están tiernas sus biografías. Hace unos cuantos años los dos eran maletillas. Los acogió el padre<strong> Luís Lezama conocido como “el cura de los maletillas”</strong>, en su residencia de Chinchón donde se hallaban otros veinte. El padre Lezama comenta:</p>
<p>-Afirma que aún seguirá toreando, pero no creo que lo haga. El negocio les va bien. ¿Para qué andar con riesgos?</p>
<p><strong>El negocio es la Taberna del Alabardero</strong>. El <strong>padre Lezama</strong>, director del Centro Pastoral de Vocaciones de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá, cuida de sus muchachos incluso en sus cambios de rumbo. <strong>La Taberna del Alabardero</strong> se abrió el pasado octubre. Me habían llegado buenas noticias. La otra noche me llevó allí mi compañero (y sin embargo amigo) Antonio D. Olano, que escudriña todos los rincones de la ciudad para pasarlos a su Guía.</p>
<p>Cenamos bien. Luego he vuelto. Me recibe un hombre joven vestido con traje de buen corte y una cordialidad arrolladora:</p>
<p><em>-<strong>Yo soy el “cura de los maletillas” y usted va a cenar conmigo.</strong></em></p>
<p>Primera sorpresa. Me dice que lleva en esta tarea catorce años. Sonríe ante mi comentario:<em><br />
</em></p>
<p><em>-Es que me ordené sacerdote muy joven. Ahora estoy en mis cuarenta años.</em></p>
<p>Su charla es arrolladora salta de un tema a otro. Surge el de Taizé, adonde no asistí, pese a mi deseo por falta de compañía. Puntúa:</p>
<p><em>-Es una pena no haberlo sabido a tiempo. Estuve con Antonio Pelayo. La radio divulgó mis crónicas.</em></p>
<p>Como el tema me apasiona, quedamos en cenar con Antonio Pelayo para discutirlo. Se levanta un momento para atender a los que llegan:</p>
<p><em>-Usted no se mueva, porque desde luego, cena conmigo. Que le traigan un whisky mientras tanto.</em></p>
<p>Él ha dirigido el <strong>montaje de la Taberna</strong>. En la decoración ha colaborado Iñigo Álvarez de Toledo:</p>
<p><em>-Hemos querido poner una taberna clásica de finales del siglo XIX. La barra del bar es auténtica de esa época, lo mismo que los espejos y algún aparador. También esas lámparas que proceden de un antiguo villar.</em></p>
<p><strong>El padre Lezama tiene un entusiasmo contagioso y enorme vitalidad</strong>. Se recorre el Rastro en busca de elementos decorativos.</p>
<p><em>-Mire lo que encontré. Le va a gustar y hasta dar un poco de envidia.</em></p>
<p>Me lleva ante un cuadro. Lo compone una baraja antigua. Sus figuras llevan retratos de gente del cine. Ha encontrado también una espléndida colección de fotos y postales antiguas.</p>
<p><em>-Bueno, ¿qué quiere usted cenar? Aquí domina la cocina de Bilbao. Patxi, el cocinero, es de Lequeitio.</em></p>
<p><strong>Jacobo Belmonte nos toma la comanda</strong>. Ahora ha recuperado su nombre de Jacobo Menchón. Asume funciones de maître, que alterna con <strong>El Bormujano</strong>. Una de las especialidades es el solomillo de toro. Lógico. El local se ha llenado pronto. El padre Lezama no oculta su satisfacción al contemplar que estos dos simpáticos toreros han encontrado un medio de ganarse la vida menos arriesgado. Les ayuda con eficacia. Me enseñan el libro de firmas de la Taberna. Domingo Ortega y Antonio Bienvenida ya han estampado las suyas. El padre Luís Lezama me da la impresión de ser un hombre formidable, pero enseguida advierto que no hay hombre completo:</p>
<p><em>-Pues estoy escribiendo un guión de cine. Creo que la idea es original.</em></p>
<p>Acusa mi gesto. Sonríe:</p>
<p><em>-Es que también estudio cine. Me he matriculado en la facultad de ciencias de la información.</em></p>
<p>Y empezamos a discutir de cine. Hace unas acertadas consideraciones sobre El exorcista. Con su entusiasmo y su talento, este hombre puede arreglar nuestro cine. Tras la buena cena en tan grato local, le animo:</p>
<p><em>-Procure usted que todos los maletillas pongan un restaurante. Quizá la fiesta pierda algo, pero la gastronomía saldrá ganando. Porque en esta ciudad abunda la gastronomía-ficción y conviene ir dándole más autenticidad.</em></p>
<p><strong>Jacobo Belmonte no cesa de tomar comandas</strong>. Merecen la oreja y el rabo estos muchachos. Seguro que nos harán con esas piezas un suculento guiso con buenas judías. El padre Lezama sabe cuidar el espíritu y también el estómago. Ya lo dijo <strong>Santa Teresa</strong>: <em>“Dios también anda entre los pucheros. Del redondel al mantel, y nosotros que lo disfrutemos”.</em></p></blockquote>
<p>En Madrid corrían aires de novedades. Muy cerca de nosotros, en la calle san Nicolás se había formado un Club con el nombre de <strong>Alabardero</strong>. Al abrir nosotros la Taberna con el mismo nombre, hubo un tímido acercamiento de alguno de sus miembros con evidente curiosidad. Pero nuestra finalidad empresarial no tenía nada que ver con el objetivo de su asociación. Arteaga, Muñoz Cabrerizo, el abogado Pérez Escolar y otros fueron los fundadores del <strong>Club de Alabarderos</strong>: un entrevelado movimiento político les animaba además de lo que un club de amigos pretende con sus alicientes de convivencia, gastronomía y diversión. Tiempo después, muerto Arteaga, su presidente, tuvimos que negociar la cuantía del derecho del nombre ya que, ante la disolución del club, nos pusieron precio a nuestro registro del uso de marca. Aquella coincidencia del nombre hizo que nuestra amiga <strong>Victorilla, del Figón de Santiago</strong>, nos avalase el consentimiento de uso durante un tiempo con una contundencia que nosotros no teníamos ante el prestigio del grupo que componía el Club de Alabarderos.</p>
<p>Por aquel tiempo la <strong>Plataforma de Convergencia Democrática</strong> estaba en marcha y preparaban su primer manifiesto en la <strong>Junta Democrática. </strong>No se sabían nombres entre el pueblo liso y llano. No se conocían personajes. Había un movimiento con cabezas ocultas y aún poco señaladas. Pero ya jugaban al parchís en esos cenáculos como el de la calle San Nicolás y se echaban órdagos a la grande. Se asomaban por las plumas de los intelectuales las nuevas ideas. Entonces conocí a un socialista de verdad; un socialista confesional, que se llamaba <strong>Plácido Fernández Viagas</strong> y que traía novicios a cenar a nuestra casa. Otros nombres hoy famosos eran ajenos y lejanos.</p>
<p><strong>Ajuriaguerra y Manuel Irujo, volvían del exilio con aureolas de héroes. </strong>Mientras que a otras tabernas iban a dejarse ver, a la nuestra venían a hablar, a escucharse, a conocerse más de cerca. En nuestra casa era más largas las sobremesas que las cenas. Pero aquello a nosotros nos llenaba de satisfacción y aún ahora también porque están volviendo los tiempos del cambio, buen augurio de nuevas ideas y de renovación social. De esta forma cumplía y cumple su fin de <strong>lugar de encuentro</strong> que desde un principio me animó.</p>
<p>Un poco después era <strong>20 de noviembre y aquel año de 1975 murió Franco.</strong></p>
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		<title>PICHIRRI</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Oct 2009 15:49:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>

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		<description><![CDATA[Una mañana apareció por la Taberna un amigo mío de Donosti, Pichirri, que venía con otro de marcado acento sevillano. Se sentaron en la mesa 15 del rincón. Pichirri me habló de su amigo como si lo conociera de toda la vida.
Confraternizar sobre el mantel me estaba resultando fácil aunque ya uno fuera encontrando tan [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una mañana apareció por la <strong>Taberna</strong> un <strong>amigo mío de Donosti, <em>Pichirri</em>,</strong> que venía con otro de marcado acento sevillano. Se sentaron en la mesa 15 del rincón. <em>Pichirri</em> me habló de su amigo como si lo conociera de toda la vida.</p>
<p>Confraternizar sobre el mantel me estaba resultando fácil aunque ya uno fuera encontrando tan diversas gentes y tan variadas ideas. <strong>Había acabado el servicio del mediodía y aún seguíamos allí alrededor del café</strong>. Aquel muchacho de Sevilla apuraba los cigarrillos y aportaba un discurso de ideas nuevas para mí. <strong><em>Pichirri</em>, Enrique Sarasola</strong>, otorgaba un silencio de garantía.<span id="more-46"></span></p>
<p>Recuerdo que conectaba con algo que yo había leído y por lo que había caminado con<em> “pies de plomo” </em>buscando una <strong>teología más cercana a la vida de los hombres de este tiempo nuestro tan alejados de Dios</strong>. Acercar la vida de la Iglesia a ese mundo, hacer comprender lo incomprensible era aún más difícil. Pero yo no creaba polémica y escuchaba, me interesaba mucho <strong>escuchar en la Taberna</strong> lo que no había oído nunca en el ámbito de nuestras parroquias. Todo ello me llevaba a una profunda reflexión personal y a recrear humildemente el sentido del evangelio en lo que oía tan ajeno. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué decir? ¿Cuál era la posible respuesta a tanto interrogante?</p>
<p>La tarde de aquel otoño de 1976 se echó encima hablando de una sociedad en cambio, de un Dios lejano, de un pueblo, este país, en busca de otros caminos. Sarasola miró el reloj: eran las seis. Ellos tenían que asistir a una recepción en el hotel Ritz. Me pidieron que les acompañara. Yo aún vestía de clergyman y advertí: “En el Ritz exigen corbata”, no por mí sino por aquel amigo de camisa a cuadros, blue jeans y chamarra, a quien había oído predicar toda la tarde. <strong>Pasamos por El Corte Inglés y le compramos una corbata evidentemente roja a Felipe González para entrar por primera vez en el Ritz.</strong></p>
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		<title>LAS NOCHES DEL REAL</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Oct 2009 15:39:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>

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		<description><![CDATA[La proximidad del Teatro Real con sus programas de conciertos y temporadas musicales marcaba un ritmo de trabajo especial a nuestra casa y configuraba un selecto ambiente de personas con cultura y gustos exquisitos.
Durante años nuestros clientes eran los de antes y los de después del concierto. Los primeros, madrugadores y puntuales, necesitaban una colación [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La proximidad del <strong>Teatro Real </strong>con sus programas de conciertos y temporadas musicales <strong>marcaba un ritmo de trabajo especial </strong>a nuestra casa y configuraba un selecto <strong>ambiente de personas con cultura y gustos exquisitos.</strong></p>
<p>Durante años nuestros clientes eran los de antes y los de después del concierto. Los primeros, madrugadores y puntuales, necesitaban una colación rápida, ligera y fácil de asimilar en la contemplación de tan bellas melodías desde una butaca del teatro. Era fundamental una buena digestión. Los segundos, los de después del concierto, venían hambrientos y sin prisa, miraban con detalle la carta. Se regodeaban con los vinos y los postres y prolongaban las sobremesas en la grata compañía de amigos comentando las incidencias y aciertos del acto. Era otro modo y otro estilo de tertulias.</p>
<p>Con el tiempo, las mesas, los días de los conciertos, tenían asignadas clientes fijos constantes a sus citas: <strong>abonados del real y de la Taberna</strong>. Ya sabíamos sus gustos y nos atrevíamos a tener preparado su menú para antes y después del concierto.<span id="more-43"></span></p>
<p>Las noches de<strong> los viernes y de los sábados los comedores de la Taberna ofrecían un espectáculo único</strong>. En aquel cuadro familiar cuya decoración sigue siendo la misma de cuarto de estar, parecía que la señora y el señor de la casa habían desempolvado sus mejores galas para componer una escena de otro tiempo. En algunas mesas se sentaban los músicos fatigados con sus esmóquines, los echarpes, las capas, los pañuelos de seda, un toque de distinción a un ambiente de antaño. En un rincón descansaban la carpeta con partituras y la funda del corno ingles o del violín aguardando el fin del encuentro de su amo con los admiradores y amigos.</p>
<p>Se suscitaba la bella polémica del arte. Se firmaban autógrafos y hasta nuevos contratos o proyectos.<strong> Era una feria elegante</strong>. Por entre aquel cuadro que componían las noches del Real desfilaban nuestras merluzas y solomillos, descorchaban nuestros vinos, humeaban los cafés y los habanos, se perdían en el anonimato y en la convivencia los más famosos intérpretes y directores artistas invitados y las glorias nacionales habituales de la ONE y RTVE.</p>
<p>Prudentemente y con fidelidad los miembros de los coros nacionales, del ballet, los funcionarios y aficionados asiduos constituían una <strong>clientela de diario que vivían más en la taberna que en sus casas</strong>.</p>
<p>Esta gran familia no desafinaba nunca, al menos entre nosotros. Las chicas del coro con Angelines Zanetti a la cabeza, los bajos y los contraltos, los tenores y los barítonos, don Miguel del Barco con su cuadro de profesores del conservatorio, autores y actores, noveles y veteranos, los alegres chicos y chicas del ballet nacional, de vez en cuando José Antonio, Antonio Márquez y Nacho Duato, Paco de Lucia entraba desde la guitarrería famosa de los hermanos. Conde, Luisillo, los divos y los más sencillos debutantes eran y son los mejores guardianes de nuestra buena reputación. Aún hoy son nuestros clientes y amigos.</p>
<p><strong>La barra de la Taberna</strong>, por la que han pasado tantos buenos aprendices hoy maestros, vivía con Jesús, alias El Cabezón, sus mejores días. Jesús es un personaje con especial don para servir al cliente y crear incondicionales. Mientras maneja el cuchillo con arte para el corte del jamón del que va sacando “limosnas” para sus amigos, puede convertirse en el confidente de tu historia o en el consejero más desinteresado.</p>
<p>A menudo he pensado que <strong>la barra del bar es un gran confesionario</strong> donde muchas veces mis muchachos calman la sed y el hambre con algo más que con vino y tapas. Allí se escuchan lamentos y confidencias, se celebra el éxito y se ahogan las penas. Con la euforia que proporcionan el estómago lleno y el alcohol, está lista la lengua, ligera la palabra para convertir en amigo a un desconocido, en confidente a un barman y hasta en indulgente confesor de un arrepentido.</p>
<p>Cuantas veces he visto <strong>entrar en la Taberna</strong> a gente <em>“por si Luis está y me da un consejo”</em>. No entrarían así buscándome en la parroquia. Pero Jesús ha hecho escuela y aún hoy, a pesar de las distancias que han supuesto los translados de estos organismos a otros lugares de Madrid, sigue siendo punto de encuentro de viejos conocidos que dieron sus primeros pasos o sus últimas corcheas en torno al Real. Volverá a sonar la música en el Teatro Real y alevines de Jesús partirán jamón de Pedro Nieto, de Guijuelo, completando con el gusto el placer de los otros sentidos.</p>
<p>Así<strong> íbamos conociendo a los artistas famosos.</strong> Según los programas en cada temporada. Solíamos consultar los títulos y sus intérpretes para estar al día y poder hablar con nuestra entendida clientela . De esa forma mejoró nuestra cultura musical. Yo y mis muchachos descendimos a escuchar Pedro y el lobo, para saber lo que era una gran orquesta y hasta desempolvé mi Historia de la Música en cuadros sinópticos, preparada por Federico Sopeña, para recordar por dónde andaba el Stabat Mater de Pergolesio y qué era la música dodecafónica. Ver en mi mesa del bar tomándose un pincho a don Cristóbal Halfter, una mañana de ensayos, o a Luis de Pablo componiendo sobre nuestros veladores música española de concierto exigía mucho para mí. Una cierta curiosidad me llevaba a leer todos los días a Victoriano Fernández de Asís en ABC por si se terciaba la enhorabuena a la soprano, o el violoncelo había desafinado y debía ofrecerle <strong>“sopas de consuelo”</strong>. Yo era feliz aplaudiendo a Odón Alonso en mi casa fuera de las plateas o hablando con Enrique García Asensio como un amigo o atendiendo a Miguel Angel Martínez  y a su madre como en familia. Encontraba en Felicitas Keller y en su amigo Aijón un gran apoyo para las relaciones públicas. Ellos se preocupaban de cubrir nuestra ignorancia en tan apasionante tema como el de las figuras de la música y quién era quién en las batutas y el atril. Aún recuerdo al maestro Odón Alonso con su esposa, recién abierta la Taberna, discerniendo sobre los vinos y sus precios ante la frasca de Valdepeñas y mi ignorancia. Luego íbamos a ser muy buenos amigos y siempre acudía tras sus ensayos y sus éxitos.</p>
<p>La casa se vestía de gala cuando entraban<strong> Arthur Rubinstein</strong> o <strong>Mstislav Rostropovich</strong> que acababa de dejar a la <strong>Reina Sofía</strong> camino de palacio.</p>
<p>Al maestro Andrés Segovia y a su esposa le gustaban los platos más sencillos y caseros. Hacia tertulia con Carlos Mendoza y Lucero Tena hasta bien entrada la noche, cuando su mujer daba voz de retirada.</p>
<p>Joaquín Rodrigo, acompañado de su hija Cecilia, era la admiración de todos nosotros. Hasta el más ignorante de mis muchachos cuando lo veía entrar desde la cocina solía decir:</p>
<p><em>-Ahí está el del Concierto de Aranjuez.</em></p>
<p>Y silbaba la melodía mientras cocineros y camareros adecuaban el paso a su ritmo componiendo un rudimentario ballet.</p>
<p>Había un cierto encanto musical y <strong>estábamos poseídos por los hados</strong> bajo la batuta aún presente de Ros Marbá o de López Cobos.</p>
<p>Era, soy y seré un amigo liso y llano de Carmelo Bernaola al que su bonhomía y paisanaje me hacían más fácilmente accesible, y compadreábamos bien en una espontánea y buena tertulia de gente de Burgos que de vez en cuando se juntaba en torno a José Luis Balbín, Luis Angel de la Viuda y mi colega sacerdotal Joaquín Luis Ortega para comernos una buenas morcillas que Luis Angel nos traía. A ella se sumaban locamente enamorados el altito Juan Manuel Golf y su acompañante con el que, en tiempos, había compartido burladero de apoderado taurino en Valencia. Noches imprevistas del real donde al concierto seguía el desconcierto de nuestra Taberna invadida de amigos que el tiempo ha hecho más viejos y queridos como la buena solera.</p>
<p>Conchita y Puy habían venido de Zudaire a ayudarnos. Buenas camareras y buenas gentes n<strong>os llenaron de un cariñoso toque femenino necesario</strong>. Se corrigió gracias a ellas el desaliño de las cortinas y los manteles, se planchaban mejor las servilletas y empezaron a surgir zurcidos donde antes había rotos. Nos dejamos querer. Pero Conchita se dejó querer más por Tarzán, un apreciado mozo de su tierra que venía a verla de vez en cuando, y nos la llevó del brazo a la iglesia y a Pamplona. Puy sigue siendo hoy el encuentro con los comienzos de esta casa y bajo su mando, que es mucho, sigue brillando la alabarda y la corte.</p>
<p>De todas formas <strong>prefería estar cerca del Teatro Real</strong> que de un campo de fútbol. Personalmente me iba más este público aunque a mi gente le aburría y hubiera deseado lo contrario.</p>
<p>Pronto supe apreciar que los aficionados a la música clásica eran gourmets y golosos. El índice de consumo de unas magníficas tartas de limón, de plátano e islas flotantes con merengue y ciruelas pasas que me hacía un singular viejecito americano, crecía desproporcionadamente los días de concierto, no sólo porque hubiera más clientes sino porque se pedían más postres que lo habitual. Lo cual ponía muy contento al <strong>señor Adams, mi pastelero.</strong></p>
<p>Adams trabajaba en su casa y traía las tartas recién hechas antes del mediodía en una desvencijada furgoneta. La víspera yo le llamaba para hacerle el encargo según el consumo. Sentía un especial afecto por aquel hombre entrañable. Un día entró en la taberna sin tarjeta de presentación y me dijo:</p>
<p><em>-Yo soy un buen pastelero americano. Podía hacerle unas tartas caseras excepcionales y traérselas todos los días. Si usted me las vende, me las paga, si no no.</em></p>
<p>En aquellas circunstancias nosotros no teníamos más postres que los caseros que hacía Patxi, nuestro chef, y la convicción de sus palabras me llevó a probar suerte.<strong> Nuestros clientes disfrutaban con las singulares tartas del señor Adams</strong>, cosa que a él le hizo mejorar su humilde nivel de vida y su animo de artista correspondido. Yo mentía diciendo que las hacía una tía mía en casa.</p>
<p>Adams, personaje bohemio, aventurero y extraño, nacido en Texas, había caído por España como turista en los años sesenta. Se arruinó en una buena vida por los mejores hoteles y lugares y se quedó a vivir enamorado de nuestra tierra y de un muchacho agitanado y cetrino, hijo de la calle, de padres desconocidos, al que intentó en vano convertir en pastelero y heredero. Pero Julián, que así se llamaba, sólo llegó a lo último. Eso sí, cuido al viejo hasta su muerte en un modesto piso bajo del Pueblo Nuevo donde vivían con admirable dignidad y limpieza haciendo aquellos ricos pasteles. El americano enseñó a leer y escribir al muchacho. Juntos asistimos al entierro del señor Adams en el cementerio civil, pues no era cristiano, y a la venta de sus pequeños bártulos mientras Julián, agradecido, pintó su nombre en la furgoneta y debajo su verdadero oficio: <em>“ADAMS. Se afilan cuchillos”</em>. Desapareció de Madrid.</p>
<p>La fórmula de aquellas ricas tartas que tanto echaron de menos mis clientes se perdió por los pueblos de España. Y todo el mundo me preguntaba que qué le había pasado a mi tía&#8230;.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Una <strong>noche de concierto en el Real</strong> los clientes invadieron nuestros comedores al terminar. Pero me llamó la atención una pareja que había madrugado buscando mesa, la mesa 15, en el rincón. Cuando los demás llegaron  ya estaban ellos allí, como si hubieran salido antes de terminar. Tenían aspecto de extranjeros, hablaban en inglés, vestían elegantemente de gala. Tenían todo el aire de ser protagonistas de una película, de un idilio.</p>
<p>Les expliqué como pude nuestro menú. Ella probó nuestra exquisita merluza comprada en <strong>La Selecta, del mercado de La Latina</strong>, mi verdadero puerto de mar, y magníficamente puesta en salsa verde por Patxi. Él prefirió la carne: un solomillo rehogado por un rioja tinto. Hablaban más que comían con gestos de cariño mutuamente correspondidos.</p>
<p>Yo no sabía  quiénes eran hasta que a los postres les di el <strong>libro de honor para su firma</strong>. Complacidos dejaron allí constancia de su presencia y del placer de nuestra comida. Cuando, apenas, tuve tiempo de reconocerlos se marcharon sin dejarme disfrutar de su compañía. Eran <strong>Shirley Mclaine</strong> y el violinista <strong>Isaac Stern.</strong></p>
<p>A menudo te pasaban estas cosas.</p>
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		<title>1974: DON JOSÉ BERGAMÍN</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Oct 2009 21:47:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>

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		<description><![CDATA[Aquel año de 1974 no parábamos de tener acontecimientos. Desde el 9 de Julio, fecha en que Franco ingresó en el hospital aquejado de flebitis, una serie de sucesos habían conmocionado al país e incluso al mundo porque la dimisión de Nixon en los Estados Unidos de América, en Agosto, era tan objeto de comentarios [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aquel año de 1<strong>974 </strong>no parábamos de tener acontecimientos. Desde el 9 de Julio, fecha en que <strong>Franco</strong> ingresó en el hospital aquejado de flebitis, una serie de sucesos habían conmocionado al país e incluso al mundo porque la dimisión de <strong>Nixon</strong> en los Estados Unidos de América, en Agosto, era tan objeto de comentarios como los problemas de <strong>Monseñor Añoveros</strong>, obispo local, la ejecución de un anarquista que se llamaba<strong> Puig Antich</strong> y la bomba de la <strong>cafetería Rolando</strong>, con 12 muertos y 80 heridos en la Puerta del Sol, muy cerquita de donde nosotros preparábamos nuestra apertura.</p>
<p>Los librepensadores y los poetas de futuro buscaban sitio no solo en las ideas de los jovencitos españoles sino en los lugares. O, al menos, nuevos lugares.</p>
<p><strong>Habíamos abierto al fin la Taberna</strong>. Era finales de octubre de 1974. <strong>Jacobo Belmonte, Teodoro Librero (El Bormujano), Patxi el cocinero y yo</strong>, estábamos desgranando las primeras habas del negocio. Cada mañana, era una nueva aventura: ¿cuántos haremos hoy?, ¿quién entrará?, ¿cómo saldrán las cosas?<span id="more-40"></span>La bisoñez de nuestro oficio hostelero era patente y las improvisaciones continuas hacían sonreír, que no enfadar a nuestros primeros clientes con una benevolencia heroica.</p>
<p>La <strong>Taberna del Alabardero</strong> venía a salir con un modo nuevo de concebir el <strong>restaurante tradicional</strong>, menos sofisticado y protocolario que los restaurantes de clase al uso entonces, y con algo más de encanto casero que el comer en las rutinarias mesas de formica de las llamadas casas de comidas. Había cabida, pues, en el mercado madrileño para el bistró a la española, para el diván de pana, por el contraposición al terciopelo, para el mantel de algodón a cuadros rojos, en vez del papel en rollos.</p>
<p>Así salieron nuestros guisos, con ambiente de discusión política, nuestro murmullo intelectual entre alubias con chorizo, antes propias del pasiego que visita la capital en <strong>Casa Picardías</strong>, o del camionero en ruta. Era una nueva forma de concebir el restaurante que pronto tuvo imitadores, si no de curas, sí de abogados y ejecutivos metidos en la nueva restauración y en la constitución de cenáculos.</p>
<p>Pero nuestro esfuerzo por <strong>intelectualizar la mesa camilla</strong> de todos los días, sacada del “cuarto de estar” y puesta en un establecimiento público, tuvo éxito. Surgió la presencia de clave de <strong>don José Bergamín.</strong> Nuestro vecino de la plaza de Oriente apareció una mañana por la puerta, como un enviado del ágora de las letras y del pensamiento. Pronto comprendimos que tener día a día sentado a la mesa 11 a don José era un lujo. Y pronto nos dejamos querer por su <strong>entrañable modo de ver la vida, las personas y el mundo</strong>. La figura de don José con su gabán verde pardo de invierno, con su pañuelo de seda al cuello en verano. Su <strong>dandismo castizo</strong> se hizo familiar entre nosotros. Y, aún hoy pasados los años, lo echamos en falta.</p>
<p>Más que un anciano era un hombre mayor, aquel pañuelo enmarcaba un rostro expresivo, una mirada vivaracha y, al oírle hablar, tenía un gracejo especial en sus palabras que componía frases redondas con pensamientos aguados y afinados.</p>
<p>Se sentó en la mesa 11, la del rincón y el espejo en el comedor del fondo. Fue como si tomara posesión de un lugar predestinado para él. Fue su mesa por muchos años. <strong>Don José Bergamín había entrado en su taberna y los demás éramos  ya un complemento</strong>.</p>
<p>Nos sentíamos integrados en su audacia, aún discrepantes amantes, aún ignorantes doctos, aún inexpertos cargados por su experiencia, torpes de expresión enriquecidos por su fácil lenguaje y ágiles en el pensamiento.</p>
<p>Jamás me hubiera tentado con tanta curiosidad de nuevo la <strong>generación del 98</strong> si no hubiera sido por la necesidad de conocer a personajes por él también conocidos y que los hacía familiares. Te hablaba de <strong>Miguél Hernández</strong>, de <strong>Juan Ramón</strong>, de sus cartas, de <strong>Unamuno</strong>, de <strong>don Pío</strong>, o de sus contemporáneos del 27, sus amigos, algunos algún vivos, algunos volviendo del exilio como <strong>Alberti</strong>, a los que fuimos conociendo en la <strong>Taberna</strong> por él mismo presentados.</p>
<p>A esa cátedra se asomaban los más variados personajes que recibían la entrañable sobremesa y las tertulias con más apetito aún que nuestras viandas. Allí se han celebrado reencuentros tras del exilio y proyectos de futuro en un país en cambio. <strong>Figuras legendarias de la generación del 27</strong>, de los que habíamos oído hablar o leído ocultamente, intelectuales míticos, como <strong>Cortázar, Aleixandre, Alberti, Ernesto Jiménez Caballero, Gabriel Celaya, Pepe Caballero </strong>y otros que no recuerdo, que eran sus invitados y hablaban de <strong>Juan Ramón Jiménez</strong> y de <strong>Machado</strong> como de viejos colegas conocidos. Presencias importantes que alternaba don José con las más jóvenes y guapas admiradoras, reclutadas en alguna cátedra universitaria, a quienes invitaba con espléndida generosidad y éxito, atraídas quizá por su belleza intelectual, más que por su reconocido físico, que él mismo titulaba <em>“esqueleto vivo”</em>. Aquellas jovencitas emulaban en su memoria la imagen de <strong>Cleo de Merode</strong>, cuya foto un día bajó desde su estudio con un pareado al pie para que se la pusiera en su rincón donde hoy sigue con la leyenda de su puño y letra:</p>
<blockquote><p><em>“¡Qué es lo que veo que me mareo,<br />
Que ésta es la Cleo de Merodeo!”</em></p></blockquote>
<p>Un día don José me pidió faldas de terciopelo para su mesa camilla. No habían llegado aún los rigores del invierno, ni su problema era la necesidad del típico brasero subsiguiente, sino el ardor juvenil de sus muchos años. Pues de esa forma, don José “hacía manitas” con sus atractivas invitadas. Confieso que colaboré y compré las faldas de terciopelo, que ahí siguen para memoria de la historia.</p>
<p><em>¡Ah, don José, cómo me hubiera gustado que presenciara un paso más de los acontecimientos de nuestro país! </em>Creo que <strong>el tiempo apasionado de vivir sigue hoy un curso intenso</strong>. A él le gustaba adelantarse a los acontecimientos, ir por delante de la historia. <strong>Era un joven de edad madura.</strong></p>
<p>Don José guardaba un especial cariño por <strong>Teodoro, El Bormujano, y Jacobo Belmonte</strong>. El hecho de que los dos fueran toreros, le producía admiración y respeto. Disculpaba su inexperiencia como camareros y su inicial falta de cultura gastronómica. Para él, el torero era un titulo de nobleza. Su admiración por <strong>Rafael de Paula</strong>, le hacia ir a la plaza cada vez que el matador actuaba en Madrid y organizaba generosas cena en su honor, en el <strong>comedor reservado a la Taberna</strong>. Solo entonces se sentaba a gusto a presidir con Paula la mesa grande. Su sutileza llegaba a definir el torear con aquella frase que un día escuche decir a<strong> El Bormujano:</strong> <em>“Teo, torear no es engañar al toro, sino desengañarle”.</em></p>
<p>La personalidad de <strong>Don José Benjamín</strong> marcó la <strong>Taberna</strong> y a nosotros mismos con un sello imborrable de inquietud intelectual. Hasta que un día de Abril se sintió arrebatado por la idea de ir a Euzkadi por ver la gente sincera, los campos verdes y el mar azul.</p>
<p>Primero fueron unas visitas de tanteo, como dos enamorados. Luego mi tierra y él se unieron hasta el abrazo de la muerte. Se fundió con ella en la gran cúpula de Fuenterrabía, para ser el descanso de su frágil cuerpo y azarosa vida.</p>
<p><strong>Yo me sentí solo en la Taberna</strong>. Su rincón ahí está. Su sillón, vacío, aunque ocupado por muchas gentes que se suceden como el viento. La mesa camilla con la falda de terciopelo, puesta. Esperándole&#8230;</p>
<p>Cuando se fue sentí la voz de <strong>Juan Ramón Jiménez</strong> que me decía: <em>“¡Sólo queda en mi mano la forma de su huida!”</em></p>
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		<title>CHINCHÓN</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Oct 2009 19:55:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>

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		<description><![CDATA[Pienso que aquellos años primeros de Chichón fueron los mejores de nuestra vida.
Mis muchachos también lo piensan. El paso del tiempo nos va idealizando cada momento allí vivido.
Es más, aún sigue llegando gente nueva a este pueblo en una imparable peregrinación desde Madrid, luego parece que están allí desde siempre y se afincan. Curiosamente se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pienso que aquellos años primeros de Chichón fueron los mejores de nuestra vida.</p>
<p>Mis muchachos también lo piensan. <strong>El paso del tiempo nos va idealizando cada momento allí vivido.</strong></p>
<p>Es más, aún sigue llegando gente nueva a este pueblo en una imparable peregrinación desde Madrid, luego parece que están allí desde siempre y se afincan. Curiosamente se quedan. Se quedan a morir. Como si constituyeran ya parte de su historia.<br />
Hace treinta y dos años el pueblo se nos desertizaba. No había alicientes para quedarse la juventud a vivir allí y emigraba a Madrid. Yo les decía: -<em>Aguantad un poco, abrid las puertas de las casas para que vean los primeros visitantes cómo sois por dentro y se quedarán con vosotros. Será nuestra energía, nuestro futuro.<span id="more-31"></span></em></p>
<p>Y luchaba porque en la fonda les dieran huevos fritos con chorizo. No había más. Para que nadie se nos fuera a comer a Aranjuez. Porque era esa la tentación cercana. No había más entonces en la hoy <strong>ciudad de los mesones</strong>, de las grandes cuevas abiertas, otrora cerradas y secretas, de los hornos antes apagados y hoy sin cesar humeantes de rescoldos de chuletas de cordero, bodegas como ubres saturadas de vino que se con sume a pie de lagar sin necesidad de exportar.</p>
<p><strong>¡Pruébalo! Verás como tengo razón. Vete a Chichón y vívelo.<br />
</strong></p>
<p><strong>Yo suelo soñar con que aún sigo allí</strong> en un pueblo que fue. Ya no es igual. Pero fue para que esto siga siendo lo que es y yo siga soñando como fue entonces: es como una fábula.</p>
<p>Era tarde cuando volví la esquina Olaya. Daban campanadas sin relojero que las gobernase en el reloj de la torre. <em>“Este reloj no marca el tiempo de nadie”</em>, dije para mis adentros y es que Chinchón para la historia aunque el mundo siga caminando.</p>
<p>Tenía frío. Era Enero, y ese vientecillo que corta el aliento viniendo del sotocerro de la Tenería me hizo meter las manos en los bolsillos y caminar ligero.</p>
<p>Pero subiendo la cuesta de la Amargura sentí los pasos de Machaco pregonando Fuentearriba , el periódico del pueblo que nunca se escribió: hablaba de la III Guerra Mundial y de Sadam Hussein. Los viejos del pueblo decían que era como lo que habían oído de los franceses pero en moderno.</p>
<p>Por la puerta de la casa 20 se asomó <strong>don Pedro</strong>. Llevaba el cabás de los primeros auxilios y acababa de atender a un paciente. <strong>Teresita</strong> me sonreía desde la ventana de su bondad eterna al volver la cuesta de la torre. Por el portón del Teatro resucitado salía <strong>Ataúlfo el Talabartero</strong> del brazo de <strong>Petrita</strong> cantando la música “del paraguas” que acompañaban los <strong>Miros</strong> y sus muchachos bajo la batuta del <strong>maestro Peco</strong>.</p>
<p><strong>Don Narciso</strong>, en pijama, abrigado con albornoz y en zapatillas de pañete, paseaba por la plaza  de Palacio a la luz de la luna como un hidalgo sacando las historias de sus libros de caballerías entre las piedras. <strong>Paula </strong>inventaba las telenovelas escritas para enriquecer romances de príncipes y de princesas en los corazones de las mocitas de los telares. Hacía frío pero todo era muy caliente: la mano de <strong>Tomás</strong> y las palabras de<strong> tía cohete</strong>. Miré por la ventana de la placita de Galaz y <strong>Pedro el Botero</strong> seguía haciendo las mejores botas para el mejor vino. No pasaba nada. <strong>Radio Chinchón</strong> cantaba <strong>coplas de Juanito Valderrama</strong> y daba partes de paz con dedicatorias de <strong>enamorados de Valdelaguna y Villaconejos</strong>.</p>
<p>De repente sentí que olía a hornazo y pan recién cocido. Era el alba de los panaderos y todo el pueblo se hacía masa y cochura para que la gran hogaza, el chusquillo y el bonete del brazo de la libreta, como dos enamorados, salieran desfilando por casa de las Lolas y de todos los Manolos panaderos que son muchos y muy buenos.</p>
<p>Los burros rebuznaban al amanecer y se colocaban las alas en su sitio para volar con los niños en sus lomos que no querían ir a la escuela y se escapaban a Valquejioso y a la Fuentepata. Se perdían entre jaras y tomillos. Pero los burros los buscaban luego y los encontraban y los llevaban a <strong>la clase de doña Pepi y doña Sara</strong> para que no fueran tan asnos y aprendieran letra, matemáticas y geografía.</p>
<p>Por el rincón, “donde hilaba la vieja”, bajaban las procesiones llenas de santos y devotos con muchos escapularios puestos. Siempre se paraban frente a la taberna de Finuras. A lo mejor para convertir a la gente que allí bebía. No sé de qué, pero para convertirles el agua en vino, el chisme en verdad, el secano en lluvia, el rencor en amor y, seguro, para que no bebieran Coca-Cola.</p>
<p>Entré a poner una conferencia pero no había teléfono. <strong>Se hablaba cuerpo a cuerpo con el más acá y con el más allá</strong> porque las comunicaciones eran perfectas. Todo era voluntad, buena voluntad y no necesitábamos aparatos. Hablé con Dios y con la Virgen. Solo yo estaba comunicando. Mateo me declamaba versos y una niña de primera comunión regaba con pétalos de rosas el quicio de una puerta de la plaza de las Vacas, junto al altar del Corpus que olía a incienso y primavera.</p>
<p>Venían del Castillo los milanos y había sonido de trompetas y atabales como saliendo de sus piedras berroqueñas. Tan fuerte que despertaba a los murciélagos de la torre de la iglesia y a los gallos de las Clarisas, buenos gallos, bien cuidados de la mano de sor Proteínas.</p>
<p>En <strong>Fuentelmoco</strong> se abrevaba en vino y el alfarero hacía cántaros sin fin dando vueltas y más vueltas al torno para que todos probaran el vino y el anís que se bebían juntos por dos bocas sin saber por qué. Mientras, Valentín el tocinero, ponía rodajas de salchichón en nuestras manos y tío kilo repartía chocolate de Villajoyosa.</p>
<p>Hacía frío en la plaza. Era invierno. Pero era tan cálido como la sangre roja de un toro y un torero en la <strong>transfusión del arte Regino y de Quiciles, herederos de Frascuelo</strong>. Un arrebato de locura en los tendidos, la oda, la alegría, todo junto desfilaba por el ruedo mientras los ángeles de La Ascensión de Goya se habían escapado de sus cuadros para gritar desde una nube colgada del cielo ebrios de amor, gorditos y felices, traviesos e indisciplinados: ¡Santo, Santo, Santo! ¡Jesús, viva la Madre que te parió! ¡Qué sueño!</p>
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		<title>LOS PRIMEROS MALETILLAS</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Sep 2009 07:36:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando Teodoro Librero, alias El Bormujano, entró en mi casa  tenía apenas 15 años cumplidos. Era yo curo coadjutor de Chinchón, ese pueblo lleno de encanto y de tipismo que estando tan cerca de Madrid conserva aún hoy su marcada personalidad.
Había abandonado el domicilio de sus padres en Sevilla buscando la aventura de hacerse [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando <strong>Teodoro Librero</strong>, alias<strong> El Bormujano</strong>, entró en mi casa  tenía apenas 15 años cumplidos. Era yo curo <strong>coadjutor de Chinchón</strong>, ese pueblo lleno de encanto y de tipismo que estando tan cerca de Madrid conserva aún hoy su marcada personalidad.</p>
<p>Había abandonado el domicilio de sus padres en Sevilla buscando la aventura de hacerse <strong>torero de capea.</strong></p>
<p>Era esta una costumbre ancestral en Andalucía y castilla: los muchachos con semejante vocación que aspiraban a dominar el arte de torear deberían <strong>curtirse en las fiestas de los pueblos</strong> donde era fácil encontrar la oportunidad de lucirse ante toros y vacas bravas que daban suelta en las plazas para divertir a los paisanos y probar la suerte y el valor de los así llamados “maletillas”, “capas” o simplemente “aficionados”.<br />
<span id="more-20"></span><br />
La<strong> ruta de los pueblos de capeas</strong> concentraba un sin número de jóvenes de los más diversos lugares, gente sencilla y humilde, faltos de recursos económicos y de cultura la mayoría, que deambulaban de un sitio para otro con el atillo al hombro, sus pertrechos, sus muletas de franela roja y capas viejas y descoloridas. Toda su hacienda a cuestas viviendo de la caridad y del entusiasmo de los paisanos de cada lugar a veces el triunfo y la fortuna de encontrar la ocasión de hacer una buena faena, es decir, lograr torear, tirarse espontáneamente al ruedo de la laza y ser visto por algún especialista de este singular mundillo, convierte al candidato en una <strong>joven promesa del escalafón de figuras del toreo</strong>.</p>
<p>Pero esto no es fácil. La inmensa mayoría de lo jóvenes cae en el olvido y en el anonimato, se refugia en el grupo más sencillo de los banderilleros, probada la suerte como novilleros y aún como matadores de toros. Algunos quedan inmersos en ese submundo trágico de la <strong>marginación y la delincuencia</strong>.</p>
<p>Me encontré a <strong>Teodoro</strong> en la Fuenteabajo, cerca del Monasterio de las Clarisas. Era muy temprano vísperas de fiestas del pueblo, por el mes de Septiembre. Bajaba yo desde el cerro de la iglesia, donde vivía en la casa parroquial hasta casi las afueras del pueblo para decir la misa a la comunidad de monjas de clausura de la que era capellán. El y tres <strong>compañeros de capeas </strong>habían dormido en el portalón de la iglesia monacal. La santera tocaba el último toque de campanas que congregaba a un reducido grupo de mujeres asiduas a madrugar. No me dio tiempo a cruzar palabra solo decir a los muchachos:</p>
<p>-<em>Después de misa os veo. Ya me contaréis que hacéis aquí.</em></p>
<p>Llevaba poco de cura en el pueblo. Desconocía sus costumbres. El contraste con mi tierra del país vasco me iba sorprendiendo al paso de los días. Nunca había visto aquel tipo de muchachos con trebejos, espadas de madera y útiles de torear. No sabía lo que significaba esa extraña comparsa que se lavaba en la fuentecilla y me miraba con respeto.</p>
<p>* * *</p>
<p>Acabé la misa. Las monjas se recogían tras rejas. El ambiente estaba lleno de salmodias y de incienso.</p>
<p>Los ángeles del altar me miraban con sus ojos de cristal mientras daba gracias a Dios por este nuevo día sin saber lo que me esperaba.</p>
<p>La Virgen del Rosario cuyo patronazgo íbamos a celebrar estaba profusamente adornada de flores y de velas. Salí de la capilla pensando en los muchachos: qué harían allí, de dónde venían.</p>
<p>Habían acabado de arreglarse. Se acercaron. Me ofrecieron tabaco y me contaron su historia: Quintino venía de La Mancha, Eduardo de Granada y Teodoro de Bormujos, un pueblecito del Aljarafe sevillano.</p>
<p>Me hablaron de un mundo insólito para mí. Caminos de dehesas de ganado recorridos buscando <strong>torear en los tentaderos de las vacas bravas</strong> durante el invierno, mayorales de las ganaderías que quemaban las ropas y pegaban a los que enganchaban en los reductos de sus campos, pueblos remotos de España en verano con toros grandes para chavalillos chicos como ellos, heridas que las cura el aire&#8230;</p>
<p>Los miraba detenidamente mientras caminábamos hacia la plaza y contaban sus historias.</p>
<p>No había visto nunca una capea ni sabía lo que era echar el guante, romper lo avíos, perder el hato. Nunca había oído decir que <strong>un toro tiene leña</strong>. Y todo el mundo para mí surrealista estaba tomando fuerza por sorpresa en mi imaginación.</p>
<p>Paré ante la fonda donde me daba de comer la patrona de la casa y me presenté a su mesa para desayunar con aquellos extraños invitados.</p>
<p>Al acabar los churros y el café habíamos sellado un pacto:</p>
<p>-<em>Bueno, pues os ayudaré en lo que pueda</em> –dije.<br />
Las consecuencias de mis palabras cambiaron mi vida.</p>
<p>Durante todo aquel invierno, y algunos más, <strong>Eduardo, Tino y Teo constituyeron y son parte de mi familia</strong>. Con ellos he vivido largos años de entrañable amistad que hoy casados y dispersos trabajos y destinos, se continua en sus esposas y en sus hijos, ellos fueron los primeros pero no los últimos.</p>
<p>* * *</p>
<p>Nunca había visto el pintoresco aspecto de una <strong>corrida de novillos</strong> en un pueblo de Castilla cuya plaza constituye el centro de la vida geográfica y social de sus gentes. Chinchón vive alrededor de su plaza Mayor, lugar de encuentro, convivencia y fiesta.</p>
<p>Dos horas antes de empezar, la plaza había quedado desierta. Los soportales y los balcones, aún los propios bares y tabernas que dan a ella, las talanqueras y el tabloncillo donde se sube la gente para ver las corridas, todo estaba vacío. Desde el ventanal de la fonda, cuyos balcones dan a la plaza, veía cómo los concejales del Ayuntamiento acompañados de un número de la guardia civil cada uno y dirigidos por el cabo hacían la requisa, es decir, la comprobación de que en las casas que dan a la plaza no había más personal que el que normalmente las habita. Los demás, extraños al lugar, deberían pagar la correspondiente entrada.</p>
<p>La <strong>tía Carmen</strong>, a la que cariñosamente llamábamos por el mote la tía cohete me ayudó a <strong>camuflar a los torerillos</strong>; algo evidentemente prohibido y nada honesto pero que tentaba a la picaresca.</p>
<p>Al poco rato fue entrando la gente por las puertas de la plaza y creando ese ambiente de expectación que existe antes de una corrida. Aquella era una simple novillada de dos toros para principiantes a quienes vimos vestirse con viejos trajes de luces de alquiler en una habitación grande y común que Doña Carmen había preparado para este rito.</p>
<p>El ir y venir previo de los banderilleros y los mozos, sus voces y sus gestos, su rincón con las estampas y las lamparillas encendidas, el ambiente, la música como prólogo que sonaba interpretando pasodobles desde el Ayuntamiento vecino, la bulla que todo ello comporta me tenía ensimismado y perplejo.</p>
<p>Después de los novillos en lidia normal se anunciaban dos toros de capea para los mozos y aficionados.</p>
<p>Yo estaba deseando ver este espectáculo para mí desconocido. Mis tres maletillas habían salido de su escondite y justamente a la hora de empezar el festejo, cuando el Señor Alcalde sacó el pañuelo desde el palco presidencial y se iniciaba el paseíllo los vi tumbados en el suelo, en las mismas tablas en que hacían el ruedo boca abajo, ocultando las muletas entre la tierra y el pecho.</p>
<p>Querían estar cerca del acontecimiento. Parecían <strong>combatientes atrincherados </strong>esperando su hora.</p>
<p>La fiesta discurrió dentro de la normalidad hasta la muerte del segundo novillo.</p>
<p>Los avispados matadores dieron pruebas de saber el oficio, el público se divertía y los trofeos se daban con facilidad para ayudar a los que comienzan, como alguien me explicaba asentado en el balcón de la fonda. Sonó la jota, la jota típica del pueblo, y tras ella, en medio de una oleada de entusiasmo salió el primer toro de capea. Al verlo el público hizo una exclamación de grandeza. Pronto surgieron los primeros espontáneos y el toro se hizo rey y señor del ruedo. En sus acometidas embestía a los arriesgados y echaba por tierra su valor. <strong>Los mozos se ayudaban unos a otros haciendo quiebros</strong> que levantaban pasión en los graderíos y aplausos. Siempre había alguno a tiempo de evitar una desgracia. Este juego me pareció brutal.</p>
<p>De repente, <strong>Teodoro</strong>, el más joven de nuestros muchachos se había lanzado al ruedo, armando su muleta con la espada de madera y el destoquillador, esa especie de palo con pincho que hace de ayuda, iba hacia el toro. Se hincó de rodillas en el centro de la arena y lo citaba a larga distancia. El público hizo una exclamación de sorpresa y contenía la respiración. Yo me quedé asombrado y pensé: ¡Dónde va ese chiquillo!</p>
<p>Un toro, el toro inmenso de la tarde, bufaba, se arrancó y acometió el engaño. El muchacho aguantó impávido la embestida. No se movió. Debió de pasar junto a él como un huracán. Volvió a citarlo de la misma forma entusiasmado. El toro iba y venia atento al percal rojo y al mando del chaval.</p>
<p>Al fin se puso en pie y continuó toreando entre la euforia popular y el clamor de la gente y la música de la banda que sonaba en su honor. Nadie se atrevía a acercarse, a quitarle el toro. Los demás maletillas rendían honor al triunfo del compañero.</p>
<p>Pero <strong>todo cambió en un momento</strong>. El toro había aprendido mucho. Lo derribó en una de sus embestidas. Hubo un ¡ay! general. En tierra tendido el muchacho recibía las tarascadas del animal que lo agitaba como un trapo. En un momento lo volteó por el aire y lo estrelló contra el suelo como si fuera un signo de venganza.</p>
<p>Baje a la plaza. Los compañeros corrieron hacia él para auxiliarlo. Uno retiró capeando al toro, otro le quitó la franela de las manos. El muchacho, conmocionado pero puesto en pié, trataba de continuar la faena. Parecía herido pero a nadie ni a nada hacía caso. Al verse sin el percal <strong>se quitó la camisa y corrió hacia el toro con ella en las manos para seguir toreando.</strong></p>
<p>-<em>¡Dios mío! </em>–exclamé-. <em>¡Qué locura!</em><br />
-<em>¡Quitadle de ahí!</em> –gritaba la gente.</p>
<p>Por fin el maletilla calló sin sentido. Le cogieron en brazos los asistentes. El público estaba consternado. Se hizo un silencio de muerte. Las mujeres se habían tapado la cara para no ver.</p>
<p>Lo llevaban hacia la improvisada enfermería en el Ayuntamiento. Subí las escaleras precipitadamente detrás. Las vi goteadas de sangre y un reguerillo corría por el pasillo. Instintivamente me encontré echando las manos para depositarlo sobre la cama de curas y las saqué rojas. Alguien apretaba un torniquete y pensé: <em>“Lo ha matado” </em>pero el herido respiraba. Los mozos se retiraron de la estancia. El médico y el practicante rasgaban sus ropillas mientras se hervían los bisturís en un rincón de la sala. A mí me dejaron permanecer en la cabecera del herido, sosteniendo entre mis manos la loca aventura de sus idas en un rostro sudoroso, el pelo suelto, los ojos sin sentido. Estaba profundamente impresionado.</p>
<p>En medio del silencio <strong>solo se oía su respiración entre cortada seguida de algún lamento </strong>que subrayaba las órdenes del doctor y su ayudante. Mientras limpiaban y ordenaban aquel cuerpo magullado y descubrían la herida de una cornada, volvía la vista a las paredes de aquel salón de sesiones convertido en quirófano improvisado, eludiendo el drama o buscando ayuda en el pensamiento. Un crucifijo, un retrato del caudillo Franco, una placa del Sagrado Corazón de Jesús. Más allá la estufa de leña para el invierno y en un rincón el peso y la barra métrica de tallar a los quintos. Sobre los sillones rojos, la ropa ensangrentada. ¡Que desolación!</p>
<p>La inyección calmante hizo su efecto. La intervención fue eficaz y larga. Al fin entró el alcalde preocupado, el secretario del Ayuntamiento y el sargento de la guardia civil. Todos queríamos oír el veredicto del galeno; Don Pedro, que así se llamaba nuestro médico nos tranquilizó: no había peligro.</p>
<p>Mientras, la fiesta seguía en la plaza. A través de la ventana veía torear y hacer quiebros a los mozos en el segundo de la capea. <strong>La música sonaba para olvidar la tragedia</strong>. El maletilla antes de dormirse había gritado: -<em>¡Me están matando mi toro! ¡Me lo están matando!</em></p>
<p>A mí mente vinieron las escenas de aquella mañana, la ilusión de los muchachos, el desayuno en la fonda, mi promesa. Había comenzado todo. Pensé en el duelo a muerte que aquella historia tenía, en el que aquel muchacho y los que le seguían eran los <em><strong>“hombres del corazón en la cabeza”.</strong></em></p>
<p>-<em>Habrá que llevarlo a casa</em> –dijo don Pedro.<br />
-<em>¿A qué casa?</em> –pregunté.<br />
-<em>A la suya</em> –contestó el doctor mientras se quitaba los guantes y la bata blanca-. <em>Este chico no está para moverlo del pueblo.</em><br />
-<em>Es un menor de edad </em>–añadió el sargento-. <em>No sabemos donde vive.</em><br />
-<em>Tendremos que avisar a sus padres </em>–sentenció el alcalde.</p>
<p>Los compañeros esperaban fuera de la estancia fuera de la estancia el resultado. Salí a comunicárselo y a tranquilizar sus ánimos. Entre todos lo subimos a casa en andas. En aquel día l<strong>os muchachos tomaron posesión de mi vivienda parroquial y de mi vida.</strong></p>
<p>Los cohetes anunciaban con las campanas la salida de la procesión. El señor cura <strong>párroco don Moisés</strong> y yo nos preparábamos para su asistencia en la sacristía de la iglesia del Rosario, y yo le pedía benevolencia para dejar a los muchachos vivir en nuestra casa.</p>
<p>Me miró conmovido. A él mayor que yo avezado en estos encuentros y a las costumbres de su pueblo castellano de Tajuña, también le había impresionado el suceso. Fue y es para mí un <strong>entrañable compañero</strong> que supo comprender a un curilla joven de tan diverso mundo e ideas. La experiencia nos ha hecho confluir en el Evangelio y querernos con el paso del tiempo, para trabajar juntos por nuestro pueblo.</p>
<p><strong>Chinchón me hizo suyo y me posee</strong> con el encanto de sus gentes que dan valor a todo lo que hacen, y reciben con evidentes pruebas de hospitalidad a quienes continuamente se asoman y se preocupan por conocer su pueblo e identificarse con su historia. Difícilmente, querido lector, podrás encontrar gente más acogedora que la de este lugar. Durante tiempo los chulillos, como así los llamaba cariñosamente la gente de Chichón, constituyeron parte de la vida del pueblo. Se ganaron el aprecio y la simpatía de todos, trabajaban en las labores del campo en el invierno. Por las noches les explicaba que la tierra era redonda tras aprender las primeras tablas de multiplicar, que lo hacían cantando como niños.</p>
<p>En la primavera, al empezar la <strong>temporada taurina y las capeas</strong> de los pueblos, reanudábamos nuestra troupe en búsqueda de oportunidades. Mientras yo debutaba en los púlpitos de las fiestas mayores de los pueblos, ellos lo hacían en las plazas de toros de improvisadas talanqueras con desigual éxito entre unos y otros.</p>
<p>Aquella pequeña popularidad hacía que diariamente llamara a mi puerta<strong> nuevos candidatos para tener una oportunidad</strong> de mostrar sus excepcionales condiciones en el arte de Frascuelo.</p>
<p>Hasta que en 1965 abandonamos Chinchón porque mi amigo Baldomero el alcalde no estaba muy conforme con mi singular apostolado y se quejaba con asiduidad al señor <strong>obispo don Juan Ricote</strong>. Un conveniente traslado me llevó a Vallecas, a Entrevías viejo, a la parroquia de San Carlos donde pasé tres espléndidos y provechosos años en un nuevo y diferente ambiente.</p>
<p>Mis muchachos vinieron detrás. Había aumentado la familia. Éramos algunos más y no cabíamos en la casita del poblado reabsorción; la unión vecinal nos acogió y nos acostumbramos a vivir en la ciudad.</p>
<p><strong>El Bormujano llegó a matador de toros</strong>. Tomó la alternativa tras siete años de novillero en activo en Almería un sábado 12 de septiembre de 1970, de manos de <strong>Santiago Martín El Viti y Miguel Márquez</strong>, con toros de Germán Gervás, de Los Escolares (Andújar). Luego toreó doce corridas de toros. Y un 28 de Agosto de 1985 fue su última corrida en Madrid lidiando toros de los Hermanos Molero, de Valladolid.</p>
<p>Ya que no he pasado a la Historia de la Iglesia, me siento muy contento de figurar en el Cossío, tomo IV, página 1113. En el espacio biográfico de matador dice: <strong><em>“Un cura desconocido que ayudaba a los necesitados”</em></strong>. Toda una historia.<br />
Pueden ustedes consultarlo.</p>
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		<title>ÍÑIGO Y LA TABERNA DEL ALABARDERO</title>
		<link>http://grupolezama.es/blog/inigo-y-la-taberna-del-alabardero/</link>
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		<pubDate>Tue, 15 Sep 2009 07:34:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Lezama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias y Recetas]]></category>

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		<description><![CDATA[A menudo venía a buscarme al terminar mi trabajo en el arzobispado mi amigo Íñigo. Íñigo era de mi edad. Habíamos cumplido los treinta y ocho. Tenía una formación exquisita y una singular forma de ver a vida: a su clase y educación aristocrática, unía una cierta bohemia y una inquietud por transformar la sociedad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A menudo venía a buscarme al terminar mi trabajo en el arzobispado <strong>mi amigo Íñigo</strong>. Íñigo era de mi edad. Habíamos cumplido los treinta y ocho. Tenía una <strong>formación exquisita y una singular forma de ver a vida</strong>: a su clase y educación aristocrática, unía una cierta bohemia y una inquietud por transformar la sociedad en que vivíamos, que compartíamos. Era un <strong>inconformista educado</strong>. A mí e gustaba de Iñigo su cultura y su mundo, un mundo de fantasía transformando y creando los reductos de un poder que intuíamos iba a cambiar de manos, de personas. Tenía una visión universal de su pueblo al que necesitaba sacar de sus fronteras. Hacía hablar a las piedras más sencillas contándonos la historia como si hubiera sido el autor de sus monumentos. Iñigo, noble por títulos y por herencia familiar, ponía a la nobleza boca arriba. Iñigo, culto, revolvía el arte hasta hacértelo asequible y elemental. Iñigo banquero, rascaba los bolsillos de los demás y los suyos propios para ayudar sin meter ruido al más desconocido. <strong>Iñigo era amigo del pueblo y por tanto mi amigo.</strong><br />
<span id="more-17"></span><br />
Aquella tarde paseamos largo rato por os jardines que rodean el <strong>Palacio de Oriente.</strong></p>
<p>Yo le contaba a Iñigo mi entrevista con el cardenal porque habíamos decidido juntos cuál iba a ser mi futuro. Él había sido el inspirador de aquella idea que Don Vicente juzgaba absurda: <strong>poner una taberna.</strong></p>
<p>Es más allí enfrente de la plaza estaba el lugar elegido para ello: en la <strong>calle Felipe V, número 6</strong>, colgaba un cartelito en un local semiabandonado diciendo “Se alquila”, con un teléfono como referencia. A él habíamos llamado y ya estaban las condiciones del contrato concertadas.</p>
<p>Hasta bien entrada la noche nos dedicamos a<strong> planear la operación</strong>: cómo hacer la taberna, cómo decorarla y cómo llamarla.</p>
<p>A la mañana siguiente Iñigo me acompañó a ver a<strong> Jaime Carvajal</strong> que era <strong>director del banco Urquijo</strong> y se empeñó en avalarnos para poner en mis manos todo un capital a crédito: 650.000 pesetas, que pronto se convirtieron en los imprescindibles elementos para que aquellos 120 metros cuadrados se bautizaran como <strong>Taberna del Alabardero.</strong></p>
<p>Su nombre nos lo sugirió el hecho de que por estas calles cercanas al palacio desfilaba la <strong>guardia de alabarderos</strong> en otros tiempos. Los guardias reales habían pasado al olvido pero fuimos refrescando las memorias de nuestros clientes hasta la leyenda. Las marcas de alabarderos, sus pífanos, las historias de amor derivadas de su reconocida gallardía eran fáciles de fabular ante los incipientes parroquianos. En la cocina tuvimos desde un principio la inestimable ayuda de <strong>Patxi Bericua</strong>, un lequeitarra que venía de Panier Fleuri, desde Rentaría, y que hizo buenos los primeros pasos. Así garantizamos que nuestros pucheros tuvieran buenos productos y buenos condimentos.</p>
<p>En la sala las cosas eran más complicadas.<strong> Teodoro Librero</strong>, alias <strong>El bormujano</strong>, por entonces recién matador de toros, daba pases inexpertos en la hostelería secundado por <strong>Jacobo Menchón</strong> alias <strong>Belmonte</strong>, que, como su apodo indica también provenía de la fiesta. <strong>Paco Moreno</strong> era un chavalín al que había que subir a una caja de Coca-Cola para que tuviera presencia en nuestra pequeña barra. Aquel mostrador de taberna que aún existe había sido objeto de la decisión mayoritaria del ayuntamiento de Chichón. Era una aportación singular a su antiguo coadjutor, porque era una barra y mostrador de mármol sirvió al rodaje de La vuelta al mundo en 80 días,</p>
<p>Filme que promovió la Plaza Mayor de Chinchón en todo el universo gracias a la figura de <strong>Mario Moreno Cantinflas</strong> y su éxito.</p>
<p><strong>Paco Moreno</strong> se convirtió en un niño sabihondo del oficio que provocó la venida de su maestro a trabajar con nosotros, gracias a lo cual <strong>Paco Pena</strong> se hizo entrenador de toreros y maletillas para camareros. Su oficio cambió algunas vidas.</p>
<p><strong>La Taberna fue un lugar de encuentros intelectuales; músicos y nuevos políticos</strong> se daban citas en sus mesas haciendo de nuestros manteles una nueva geografía social de Madrid y del país.</p>
<p>Pronto me di cuenta que <strong>no podía estar “en misa y repicado”</strong>. Más de una vez mientras yo cogía comandas, apuntaba “merluza en salsa verde” y “chipirones en su tinta”, sonaba el teléfono anunciándome que Doña Julia en mi parroquia de Carabaña, donde aún  fui párroco tres años por acallar las voces de algunos sesudos varones diocesanos, molestos con mi decisión de abrir una taberna, estaba mal y requería mi atención. Soltaba entonces los trastos de comandero y salía corriendo para mi parroquia. Afortunadamente Doña Julia se ponía bien en cuanto ve veía entrar por la puerta de su habitación. Hasta que un día se me murió Doña Julia aprovechando mis vacaciones, bien atendida por el párroco del pueblo vecino.</p>
<p><strong>La Taberna estaba presentando un tipo de restaurante diferente</strong>. Era una alternativa familiar entre el restaurante de mantel de hilo y comida sofisticada y la casa de comidas con mantel de papel y sifón comunitario. El perfil de nuestro cliente se iba definiendo. La proximidad del <strong>Teatro Real</strong> nos proporcionaba un nivel de clientela intelectual y refinada a la que gustaba nuestra comida vasca casera y veía con simpatía nuestras incertidumbres profesionales con un evidente afán de agradar. Por otra parte nuevos muchachos llamaban a mi puerta y pronto tuvimos que ampliar la residencia en un destartalado chalet de la Ciudad Lineal donde apenas dormíamos porque mis 16 muchachos y yo nos pasábamos el día y la noche en la Taberna. A menudo teníamos que lavar, secar y planchar nuestra escasa lencería. Dado el provisionalismo y la falta de profesionalidad hacíamos horas extras entre servicio y servicio mejorando las instalaciones, arreglando las averías y tratando de evitar el quedarnos sin luz por exceso de sobrecarga en mitad de una comida, lo que sucedía con frecuencia y ponía nerviosos a todos nuestros clientes.</p>
<p>Con frecuencia subíamos a Chinchón en una destartalada furgoneta que cargábamos de vino fiado en la cooperativa, de aceite, de ajos y del pan de roscas de Manolo, verdadero atractivo de nuestras mesas. Al menos el pan y el vino eran de garantía.</p>
<p>Y la merluza, reina y señora de nuestros platos. Nunca había ido a la compra hasta que me dí cuenta lo importante de una buena administración. <em>“El dinero de la compra es la primera ganancia del restaurante”</em> me habían dicho.</p>
<p>La verdad es que los<strong> restauradores profesionales</strong> me miraban con cara de pocos amigos y algún vecino tabernero auguraba: <em>“El cura y sus muchachos se van a pegar una&#8230;Pronto se cansarán”.</em></p>
<p>Solía pasear en la mañana por el <strong>mercado de La Latina</strong>, comparaba los precios, escrudiñaba el pescado y la verdura hasta hacerme amigo de <strong>Eugenio Cantalejo</strong>, en cuyo puesto <strong>La Selecta</strong> estaba la mina posible o imposible de mi pescado.</p>
<p>Con un modesto administrador, buen falangista, hacía recuento de nuestros dineros y empecé a padecer y vislumbrar lo que más tarde en la informática nos han dado tan fácil, los <em>“ratios de costos de la cesta de la compra”.</em></p>
<p>Cuántas noches pasadas haciendo sumas y restas para cuadrar los gastos y racionalizar los costes. Era una materia ingrata que no podía confiar a mis muchachos. Mezclar aquello con el aún obligado breviario era un drama que acababa conmigo maldormido en un rincón de la Taberna mientras los últimos clientes apuraban una copa de licor comprada por botellas singulares en el colmado de la esquina Casa Martín. Ese lugar era nuestro almacén, nuestro recurso y nuestro fiador. Tardé mucho tiempo en saber si la Taberna era de Martín por sus deudas o aún podíamos tenerla como nuestra.</p>
<p><strong>Patxi, nuestro chef</strong> espléndido y generoso era difícil de mesurar y nuestros clientes agradecidos por sus raciones, jugaban con la fidelidad y el cariño. Pero yo no supe, hasta mucho tiempo después que en aquellas proporciones y conceptos <strong>cuanto más vendíamos más perdíamos.</strong></p>
<p>Afortunadamente  tras del falangista tuvimos un contable por horas empleado de la telefónica que puso un poco de orden en nuestras fianzas hasta que le entró la tentación de las rifas y los bonolotos y, creyendo hacerse rico lo arruinaron y casi lo meten en la cárcel. Lo perdimos en su audaz aventura.</p>
<p>Pero <strong>la Taberna era un punto de confluencia social, alegre y divertido</strong>. No siempre se cobraba lo que se consumía, no todo el mundo era importante pero parecía serlo, no eran políticos pero se hablaba mucho de política, la vida social nos afectaba y comprendí que mi condición de periodista me serviría mucho para introducirme en el mercado, así que cambié el Ecclesia por el Hola y procuré no echar sermones a mis clientes a los que no les importaba para nada mi condición eclesiástica. El clegyman se estaba dejando de usar y al jersey de cuello vuelto mal lavado le sustituyeron la camisa y la prudente corbata.</p>
<p><strong>Iñigo</strong> se nos murió apenas sin disfrutar de nuestro triunfo. Una enfermedad del riñón provocó una vida heroica en sus últimos años luchando por superarla y enseñando a los demás el modo de hacerlo. Hubiéramos querido tener a Iñigo entre nosotros pero su agudeza de ingenio se nos escapó como la vida misma en una mañana de primavera. Barruntaba él su desenlace:</p>
<p>-<em>Luís si me pongo malo corre a mi encuentro. Me gustaría morir diciéndote adiós y por ti reconfortado porque tú conoces lo que soy y lo que pienso. Espero que Dios me comprenda.</em></p>
<p>Habíamos hablado tantas tardes y noches de Dios&#8230;Como artista tenía una visión espiritual de las cosas y del mundo, como intelectual tenía las mismas dudas que hacen meritoria nuestra fe, como ser humano buscaba un amor perfecto que no acababa de encontrar como idealista caminábamos juntos sobre los acontecimientos en el deseo de un mundo mejor que tradujera esta sociedad que nos había tocado vivir en algo más sencillamente humano. Él deshacía las coronas nobles para hacerlas útiles a los demás. Le escuchaba muchas veces sentados sobre la alfombra de su casa, bajo un Goya, como un niño embelesado rodeado de la historia, pasmado de su grandeza. Habíamos corrido por campos de Castilla y Andalucía muchas veces para conocer mejor los pueblos y sus gentes, durmiendo en ventas y cortijos.</p>
<p>Aún recuerdo una noche en <strong>Baños de la Encina</strong> acompañando a nuestros maletillas de capea, su gran discurso sobre la historia de los Austrias y su familia que yo escuchaba entusiasmado mientras a ratos ahogábamos las chinches en la alcoba de la jofaina.</p>
<p><strong>A Iñigo le gustaba el juego del príncipe y el mendigo. </strong>Se resistía a figurar como conde de Eril que era y diciéndolo lo engrandecía con su apasionante personalidad y con su sentido de lo popular tan lejos del esperpento. Era el noble de una España culta que había superado en el siglo XIX y se asomaba al mundo rural con propiedad y con conocimientos universitarios.<br />
Pero se nos fue. Aún tengo clavada su mirada.</p>
<p>Había muerto la madre del duque de Alburquerque y él asistía en la parroquia de San José de Madrid a sus honras fúnebres.<br />
Aquella mañana yo había tenido que ir al Arzobispado a solucionar algunos documentos pendientes. Regresaba a la taberna cuando uno de mis muchachos salió a mi encuentro:</p>
<p>-<em>Don Luís, han avisado que Iñigo está muy mal. Lo llevan a la clínica de la Concepción.</em></p>
<p>Entré en urgencias al mismo tiempo que en su Camilla era trasladado al quirófano para tratar de hacerle una intervención a vida o muerte. Aún tuve tiempo de estar con él unos minutos. Era consciente <strong>me apretó la mano como asiéndose a la vida</strong>. Le di mi mejor palabra de aliento. Le recordé en dos ideas lo que tantas veces habíamos pensando juntos y mientras él asentía con la cabeza y me miraba fijamente agarrando mi mano yo dije con todas mis fuerzas:</p>
<p>-<em>Iñigo, en virtud del poder que Dios me ha dado, yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Tracé el signo de la Cruz y vi que sus ojos tenían lágrimas de despedida. También los míos.</em></p>
<p>Yo escribí aquella noche:</p>
<blockquote><p>Dios se lo lleva<br />
no como un acto justiciero<br />
sino como un acto de amor<br />
que engendra en nosotros<br />
la tristeza de los celos.</p></blockquote>
<p>Había muerto Iñigo y yo, con él, había envejecido</p>
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