1975: ALFONSO SÁNCHEZ Y ANTONIO D. OLANO LA TABERNA, LUGAR DE ENCUENTROS
Hacía pocos días que habíamos abierto la Taberna cuando una persona popular, en aquel entonces, en todos los medios de comunicación por su conocimiento del mundo del cine, sus actuaciones en la televisión y sus columnas en el diario Informaciones, que eran seguidas por el público. Se trataba de Alfonso Sánchez.
Vino de la mano de un querido amigo que me había escuchado siempre como un confesor en los primeros pasos por el mundillo taurino y periodístico de Madrid, buscando oportunidades para mis muchachos y algo para vender y así poder comer en mi albergue: Antonio D. Olano.
Por aquél entonces el diario Pueblo, bajo la batuta de Emilio Romero, había sido un buen semillero de profesionales periodistas. Desde mis tiempos de Chinchón había encontrado en su redacción buenos amigos. Además de Antonio, la personalidad profesional de Tico Medina me causaba admiración. Allí traté al desaparecido Yale, a José Luís Dávila, entrañable caricaturista, Manolo Summers, Raúl del Pozo, con quién aún recuerdo unas copas demás por acompañar al desaparecido Eugenio Domingo en una de sus últimas cenas en el Café de Oriente, a Blanco Tobío, Victoriano Fernández Asís, Jesús de la Serna, Alfredo Amestoy, el viejo José Lebrón, y algunos, por entonces eclesiásticos como yo, Antonio Aradillas, que lo sigue siendo, Juan Arias, Gerardo Rodríguez y Abel Hernández, que lo dejaron. Con Luís Ángel de la Viuda y José Antonio Gurriarán el diario Pueblo cumplió un interesante periplo en este país hasta desaparecer.
Antonio D. Olano estaba entonces en una fecunda labor de reportero cronista y autor. Sus artículos entre nosotros y su presencia era familiar. Sigue siéndolo aunque intente con poco éxito por mi azarosa vida, llevarme al fútbol a ver al Atlético de Madrid del que siempre fue un apasionado seguidor.
Hace poco, Antonio me dejó impresionado al regalarme una fotografía del Che Guevara en uniforme paseándose con él en el año 1959 delante de los jardines de la Plaza de Oriente junto a la Taberna. Y me contó la siguiente historia:
“Atendí al Che en su última visita a Madrid e hice un reportaje con el fotógrafo César Lucas, que se prohibió en nuestro país pero que se publicó en el Diario de la Marina de la Habana. Poco tiempo después se cerraría. Lo curioso es que el Che quería conocer una plaza de toros. Era domingo y me abrieron la Plaza de Carabanchel a las seis de la mañana. Fui con el fotógrafo e hicimos allí un reportaje recién amaneció. Se veía la gente que iba a trabajar por la calle a pesar de ser domingo. Algunos le conocían, le saludaban y hubo hasta quién se arrodilló delante de él como si fuera un dios.
Fue un día muy intenso. Quería hacer compras pues se iba para Moscú, y estaban las tiendas cerradas. Se me ocurrió llamar a Pepín Fernández. Nos mandó a su hijo. Abrieron Galerías Preciados y el Che Guevara se compró una máquina de escribir y unos libros. Finalmente le acompañé al aeropuerto donde, por culpa de una pistola que llevaba, casi acabo yo en la dirección de seguridad”.
La fidelidad apasionada de Antonio hacia sus amigos y hacia sus ideas siempre me ha causado admiración y respeto. Sabe muy bien distinguir lo uno de lo otro para colocar a cada uno en su sitio sin que jamás me haya herido en las discrepancias.
El público conoce más su buena pluma que su destacable fidelidad por sus amigos. Aún recuerdo momentos difíciles en los que Antonio era una de las pocas personas que se hacía presente aunque solo fuera para desbloquearme los problemas con su fina ironía y su humor grandilocuente y bohemio.
* * *
Alfonso Sánchez plantó su cátedra en la mesa 5, en el primer comedor según se entra en la Taberna, cerca de la puerta, porque decía que allí respiraba mejor. Tenía problemas de asma pero no por eso dejaba de fumar. Sobre el mármol del velador, retirando el mantel como a él le gustaba escribía algunas veces allí su columna para el periódico y la mandaba por alguno de nuestros muchachos a la calle San Roque no sin antes darles una propina para el taxi, cosa que estaban deseando pues luego se la guardaban e iban andando a paso ligero o en metro. ¡Entonces no había fax!
Alfonso Sánchez tenía síndrome de café antiguo. Pienso que le hubiera gustado nuestro Café de Oriente al que mucha gente da por anterior pero he de aclarar que no lo abrimos hasta el año 1982. Antes era una imprenta. Todos sus elementos fueron buscados con verdadera pasión y recompuestos como pudo ser el verdadero café que existió donde hoy es Real Musical en la calle Carlos III.
Pero don Alfonso era al entorno un popular del medio día. Por las noches no era frecuente. Le gustaban los platos de cuchara y la comida familiar. Picaba poco de muchas cosas. Clásico solterón, daba cita allí a sus amistades para compartir la mesa como si fuera el cuarto de estar de su casa. Prolongaba la sobremesa con una copa de güisqui sin hielo hasta ir a un cine a la hora del estreno. Cuando estaba solo aprovechaba yo para sentarme y compartir un tiempo delicioso en el que me hablaba de sus conocimientos cinematográficos o de los caballos, otra de sus pasiones. Aprendí de él tanta historia del cine como con Román Gubert en mis años de escuela.
Un día de enero de 1975 me sorprendió con esta columna en el Diario Informaciones, que ahora reproduzco veinte años después. Fue nuestra primera promoción. Hacía apenas dos meses y medio que se había abierto la Taberna:
Del redondel al mantel:
“El diestro Antonio Sánchez tuvo una taberna. Se hizo famosa en los anales de la ciudad. Antonio Díaz-Cañabate ha escrito su historia. He acudido más de una vez al restaurante de Félix Colomo, también situado en barrio castizo. Curro Romero tiene su mesón, pero en cómodo plan de propietario. Es probable que existan más relaciones entre la tauromaquia y la gastronomía. Del redondel al mantel podría titularse el capítulo. Hay nuevos nombres para añadir: Teodoro Librero (El Bormujano) y Jacobo Belmonte.
Aún están tiernas sus biografías. Hace unos cuantos años los dos eran maletillas. Los acogió el padre Luís Lezama conocido como “el cura de los maletillas”, en su residencia de Chinchón donde se hallaban otros veinte. El padre Lezama comenta:
-Afirma que aún seguirá toreando, pero no creo que lo haga. El negocio les va bien. ¿Para qué andar con riesgos?
El negocio es la Taberna del Alabardero. El padre Lezama, director del Centro Pastoral de Vocaciones de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá, cuida de sus muchachos incluso en sus cambios de rumbo. La Taberna del Alabardero se abrió el pasado octubre. Me habían llegado buenas noticias. La otra noche me llevó allí mi compañero (y sin embargo amigo) Antonio D. Olano, que escudriña todos los rincones de la ciudad para pasarlos a su Guía.
Cenamos bien. Luego he vuelto. Me recibe un hombre joven vestido con traje de buen corte y una cordialidad arrolladora:
-Yo soy el “cura de los maletillas” y usted va a cenar conmigo.
Primera sorpresa. Me dice que lleva en esta tarea catorce años. Sonríe ante mi comentario:
-Es que me ordené sacerdote muy joven. Ahora estoy en mis cuarenta años.
Su charla es arrolladora salta de un tema a otro. Surge el de Taizé, adonde no asistí, pese a mi deseo por falta de compañía. Puntúa:
-Es una pena no haberlo sabido a tiempo. Estuve con Antonio Pelayo. La radio divulgó mis crónicas.
Como el tema me apasiona, quedamos en cenar con Antonio Pelayo para discutirlo. Se levanta un momento para atender a los que llegan:
-Usted no se mueva, porque desde luego, cena conmigo. Que le traigan un whisky mientras tanto.
Él ha dirigido el montaje de la Taberna. En la decoración ha colaborado Iñigo Álvarez de Toledo:
-Hemos querido poner una taberna clásica de finales del siglo XIX. La barra del bar es auténtica de esa época, lo mismo que los espejos y algún aparador. También esas lámparas que proceden de un antiguo villar.
El padre Lezama tiene un entusiasmo contagioso y enorme vitalidad. Se recorre el Rastro en busca de elementos decorativos.
-Mire lo que encontré. Le va a gustar y hasta dar un poco de envidia.
Me lleva ante un cuadro. Lo compone una baraja antigua. Sus figuras llevan retratos de gente del cine. Ha encontrado también una espléndida colección de fotos y postales antiguas.
-Bueno, ¿qué quiere usted cenar? Aquí domina la cocina de Bilbao. Patxi, el cocinero, es de Lequeitio.
Jacobo Belmonte nos toma la comanda. Ahora ha recuperado su nombre de Jacobo Menchón. Asume funciones de maître, que alterna con El Bormujano. Una de las especialidades es el solomillo de toro. Lógico. El local se ha llenado pronto. El padre Lezama no oculta su satisfacción al contemplar que estos dos simpáticos toreros han encontrado un medio de ganarse la vida menos arriesgado. Les ayuda con eficacia. Me enseñan el libro de firmas de la Taberna. Domingo Ortega y Antonio Bienvenida ya han estampado las suyas. El padre Luís Lezama me da la impresión de ser un hombre formidable, pero enseguida advierto que no hay hombre completo:
-Pues estoy escribiendo un guión de cine. Creo que la idea es original.
Acusa mi gesto. Sonríe:
-Es que también estudio cine. Me he matriculado en la facultad de ciencias de la información.
Y empezamos a discutir de cine. Hace unas acertadas consideraciones sobre El exorcista. Con su entusiasmo y su talento, este hombre puede arreglar nuestro cine. Tras la buena cena en tan grato local, le animo:
-Procure usted que todos los maletillas pongan un restaurante. Quizá la fiesta pierda algo, pero la gastronomía saldrá ganando. Porque en esta ciudad abunda la gastronomía-ficción y conviene ir dándole más autenticidad.
Jacobo Belmonte no cesa de tomar comandas. Merecen la oreja y el rabo estos muchachos. Seguro que nos harán con esas piezas un suculento guiso con buenas judías. El padre Lezama sabe cuidar el espíritu y también el estómago. Ya lo dijo Santa Teresa: “Dios también anda entre los pucheros. Del redondel al mantel, y nosotros que lo disfrutemos”.
En Madrid corrían aires de novedades. Muy cerca de nosotros, en la calle san Nicolás se había formado un Club con el nombre de Alabardero. Al abrir nosotros la Taberna con el mismo nombre, hubo un tímido acercamiento de alguno de sus miembros con evidente curiosidad. Pero nuestra finalidad empresarial no tenía nada que ver con el objetivo de su asociación. Arteaga, Muñoz Cabrerizo, el abogado Pérez Escolar y otros fueron los fundadores del Club de Alabarderos: un entrevelado movimiento político les animaba además de lo que un club de amigos pretende con sus alicientes de convivencia, gastronomía y diversión. Tiempo después, muerto Arteaga, su presidente, tuvimos que negociar la cuantía del derecho del nombre ya que, ante la disolución del club, nos pusieron precio a nuestro registro del uso de marca. Aquella coincidencia del nombre hizo que nuestra amiga Victorilla, del Figón de Santiago, nos avalase el consentimiento de uso durante un tiempo con una contundencia que nosotros no teníamos ante el prestigio del grupo que componía el Club de Alabarderos.
Por aquel tiempo la Plataforma de Convergencia Democrática estaba en marcha y preparaban su primer manifiesto en la Junta Democrática. No se sabían nombres entre el pueblo liso y llano. No se conocían personajes. Había un movimiento con cabezas ocultas y aún poco señaladas. Pero ya jugaban al parchís en esos cenáculos como el de la calle San Nicolás y se echaban órdagos a la grande. Se asomaban por las plumas de los intelectuales las nuevas ideas. Entonces conocí a un socialista de verdad; un socialista confesional, que se llamaba Plácido Fernández Viagas y que traía novicios a cenar a nuestra casa. Otros nombres hoy famosos eran ajenos y lejanos.
Ajuriaguerra y Manuel Irujo, volvían del exilio con aureolas de héroes. Mientras que a otras tabernas iban a dejarse ver, a la nuestra venían a hablar, a escucharse, a conocerse más de cerca. En nuestra casa era más largas las sobremesas que las cenas. Pero aquello a nosotros nos llenaba de satisfacción y aún ahora también porque están volviendo los tiempos del cambio, buen augurio de nuevas ideas y de renovación social. De esta forma cumplía y cumple su fin de lugar de encuentro que desde un principio me animó.
Un poco después era 20 de noviembre y aquel año de 1975 murió Franco.




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Antonio Domínguez Olano, gran escritor gallego
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