1974: DON JOSÉ BERGAMÍN

Aquel año de 1974 no parábamos de tener acontecimientos. Desde el 9 de Julio, fecha en que Franco ingresó en el hospital aquejado de flebitis, una serie de sucesos habían conmocionado al país e incluso al mundo porque la dimisión de Nixon en los Estados Unidos de América, en Agosto, era tan objeto de comentarios como los problemas de Monseñor Añoveros, obispo local, la ejecución de un anarquista que se llamaba Puig Antich y la bomba de la cafetería Rolando, con 12 muertos y 80 heridos en la Puerta del Sol, muy cerquita de donde nosotros preparábamos nuestra apertura.

Los librepensadores y los poetas de futuro buscaban sitio no solo en las ideas de los jovencitos españoles sino en los lugares. O, al menos, nuevos lugares.

Habíamos abierto al fin la Taberna. Era finales de octubre de 1974. Jacobo Belmonte, Teodoro Librero (El Bormujano), Patxi el cocinero y yo, estábamos desgranando las primeras habas del negocio. Cada mañana, era una nueva aventura: ¿cuántos haremos hoy?, ¿quién entrará?, ¿cómo saldrán las cosas?La bisoñez de nuestro oficio hostelero era patente y las improvisaciones continuas hacían sonreír, que no enfadar a nuestros primeros clientes con una benevolencia heroica.

La Taberna del Alabardero venía a salir con un modo nuevo de concebir el restaurante tradicional, menos sofisticado y protocolario que los restaurantes de clase al uso entonces, y con algo más de encanto casero que el comer en las rutinarias mesas de formica de las llamadas casas de comidas. Había cabida, pues, en el mercado madrileño para el bistró a la española, para el diván de pana, por el contraposición al terciopelo, para el mantel de algodón a cuadros rojos, en vez del papel en rollos.

Así salieron nuestros guisos, con ambiente de discusión política, nuestro murmullo intelectual entre alubias con chorizo, antes propias del pasiego que visita la capital en Casa Picardías, o del camionero en ruta. Era una nueva forma de concebir el restaurante que pronto tuvo imitadores, si no de curas, sí de abogados y ejecutivos metidos en la nueva restauración y en la constitución de cenáculos.

Pero nuestro esfuerzo por intelectualizar la mesa camilla de todos los días, sacada del “cuarto de estar” y puesta en un establecimiento público, tuvo éxito. Surgió la presencia de clave de don José Bergamín. Nuestro vecino de la plaza de Oriente apareció una mañana por la puerta, como un enviado del ágora de las letras y del pensamiento. Pronto comprendimos que tener día a día sentado a la mesa 11 a don José era un lujo. Y pronto nos dejamos querer por su entrañable modo de ver la vida, las personas y el mundo. La figura de don José con su gabán verde pardo de invierno, con su pañuelo de seda al cuello en verano. Su dandismo castizo se hizo familiar entre nosotros. Y, aún hoy pasados los años, lo echamos en falta.

Más que un anciano era un hombre mayor, aquel pañuelo enmarcaba un rostro expresivo, una mirada vivaracha y, al oírle hablar, tenía un gracejo especial en sus palabras que componía frases redondas con pensamientos aguados y afinados.

Se sentó en la mesa 11, la del rincón y el espejo en el comedor del fondo. Fue como si tomara posesión de un lugar predestinado para él. Fue su mesa por muchos años. Don José Bergamín había entrado en su taberna y los demás éramos ya un complemento.

Nos sentíamos integrados en su audacia, aún discrepantes amantes, aún ignorantes doctos, aún inexpertos cargados por su experiencia, torpes de expresión enriquecidos por su fácil lenguaje y ágiles en el pensamiento.

Jamás me hubiera tentado con tanta curiosidad de nuevo la generación del 98 si no hubiera sido por la necesidad de conocer a personajes por él también conocidos y que los hacía familiares. Te hablaba de Miguél Hernández, de Juan Ramón, de sus cartas, de Unamuno, de don Pío, o de sus contemporáneos del 27, sus amigos, algunos algún vivos, algunos volviendo del exilio como Alberti, a los que fuimos conociendo en la Taberna por él mismo presentados.

A esa cátedra se asomaban los más variados personajes que recibían la entrañable sobremesa y las tertulias con más apetito aún que nuestras viandas. Allí se han celebrado reencuentros tras del exilio y proyectos de futuro en un país en cambio. Figuras legendarias de la generación del 27, de los que habíamos oído hablar o leído ocultamente, intelectuales míticos, como Cortázar, Aleixandre, Alberti, Ernesto Jiménez Caballero, Gabriel Celaya, Pepe Caballero y otros que no recuerdo, que eran sus invitados y hablaban de Juan Ramón Jiménez y de Machado como de viejos colegas conocidos. Presencias importantes que alternaba don José con las más jóvenes y guapas admiradoras, reclutadas en alguna cátedra universitaria, a quienes invitaba con espléndida generosidad y éxito, atraídas quizá por su belleza intelectual, más que por su reconocido físico, que él mismo titulaba “esqueleto vivo”. Aquellas jovencitas emulaban en su memoria la imagen de Cleo de Merode, cuya foto un día bajó desde su estudio con un pareado al pie para que se la pusiera en su rincón donde hoy sigue con la leyenda de su puño y letra:

“¡Qué es lo que veo que me mareo,
Que ésta es la Cleo de Merodeo!”

Un día don José me pidió faldas de terciopelo para su mesa camilla. No habían llegado aún los rigores del invierno, ni su problema era la necesidad del típico brasero subsiguiente, sino el ardor juvenil de sus muchos años. Pues de esa forma, don José “hacía manitas” con sus atractivas invitadas. Confieso que colaboré y compré las faldas de terciopelo, que ahí siguen para memoria de la historia.

¡Ah, don José, cómo me hubiera gustado que presenciara un paso más de los acontecimientos de nuestro país! Creo que el tiempo apasionado de vivir sigue hoy un curso intenso. A él le gustaba adelantarse a los acontecimientos, ir por delante de la historia. Era un joven de edad madura.

Don José guardaba un especial cariño por Teodoro, El Bormujano, y Jacobo Belmonte. El hecho de que los dos fueran toreros, le producía admiración y respeto. Disculpaba su inexperiencia como camareros y su inicial falta de cultura gastronómica. Para él, el torero era un titulo de nobleza. Su admiración por Rafael de Paula, le hacia ir a la plaza cada vez que el matador actuaba en Madrid y organizaba generosas cena en su honor, en el comedor reservado a la Taberna. Solo entonces se sentaba a gusto a presidir con Paula la mesa grande. Su sutileza llegaba a definir el torear con aquella frase que un día escuche decir a El Bormujano: “Teo, torear no es engañar al toro, sino desengañarle”.

La personalidad de Don José Benjamín marcó la Taberna y a nosotros mismos con un sello imborrable de inquietud intelectual. Hasta que un día de Abril se sintió arrebatado por la idea de ir a Euzkadi por ver la gente sincera, los campos verdes y el mar azul.

Primero fueron unas visitas de tanteo, como dos enamorados. Luego mi tierra y él se unieron hasta el abrazo de la muerte. Se fundió con ella en la gran cúpula de Fuenterrabía, para ser el descanso de su frágil cuerpo y azarosa vida.

Yo me sentí solo en la Taberna. Su rincón ahí está. Su sillón, vacío, aunque ocupado por muchas gentes que se suceden como el viento. La mesa camilla con la falda de terciopelo, puesta. Esperándole…

Cuando se fue sentí la voz de Juan Ramón Jiménez que me decía: “¡Sólo queda en mi mano la forma de su huida!”

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