¡VOY A PONER UNA TABERNA!

Era alrededor del mediodía. Me había puesto nervioso. Estaba en mi despacho del arzobispado de Madrid. Frente a mi ventana se apreciaba la majestuosa plaza de la Armería del Palacio de Oriente. Ese año 1974 aún se esperaba al monarca.

Teníamos un rey en el exilio que se llamaba Don Juan al que yo había conocido por casualidad en la madrugada de 1969, un 16 de Abril, al asistir en Laussanne a los últimos momentos de la reina madre Doña Victoria Eugenia. Aquella mañana de su muerte estaba cerca y recé el primer responso ante su lecho en Villa Fontaine, mientras Don Juan colocaba sobre su cama el manto de la Virgen del Pilar. Aún vivía el general Franco.

Por fin sonó el teléfono. La voz del secretario del cardenal Tarancón me sacó de mis recuerdos.

-El señor cardenal te espera.

Había llegado la hora. Esa noche no pude dormir bien. A mi imaginación acudían tantos caminos recorridos: habían pasado doce espléndidos años desde que, un día, como cura coadjutor de Chinchón, llegara a mi primera parroquia en aquel pueblo y acogiera en mi casa a los primeros muchachos “maletillas” y trashumantes encontrados al azar en la fuente de la plaza. Se quedaron a vivir conmigo en los bajos de la casa parroquial.

Doce años de correrías por los pueblos de España buscando oportunidades en las capeas para que torearan unos incipientes novilleros, doce años de trasiegos y trapicheos, sobornos de amistad entre alcaldes y delegados de festejos, predicaciones gratis a cambio; doce años día a día recopilando papeles viejos, chatarra y botellas vacías para vivir el invierno; doce años de comunidad inexplicable, soñadores de día, héroes del corazón en la cabeza que dormían en los viejos vagones de tren de mercancías en la estación de Legazpi, adonde yo me acercaba cada noche en inexplicables convivencias sin importarles un trabajo estable o una preparación adecuada para ello.

-Cómo le voy a plantear al cardenal que me voy con ellos -me interrogaba a mí mismo.

Pero la decisión estaba ya tomada. No podía seguir así. Era una doble vida la que estaba llevando. Tenía que elegir.

Estaba decidido a dejar todo aquello vivido tan de cerca: el seminario diocesano, el centro de vocaciones sacerdotales, mi pequeño despacho lleno de reuniones con jóvenes universitarios, la curia, los encuentros de fe, el equipote religiosos que me animaba y hasta mis programas de radio “El rastro de Dios” y “Mil amigos en la noche”.

¡Con lo que me había costado conseguirlo! Esto último era lo más doloroso: la COPE era una aventura innovadora que unos cuantos audaces habíamos emprendido para dotara la Iglesia de unos buenos medios de comunicación social entre incomprensiones y disgustos. Pero había que decidirse: no se podía vivir pendiente de los chicos de noche y en todas aquellas tensiones durante el día. O una cosa u otra. Las noches se me hacían cortas sorprendido a cada momento en la Unión Vecinal de Absorción de Vallecas, número 315, por quienes llamaban a mi puerta por quienes buscaban refugio y yo no podía dárselo. Aún éramos nosotros mismos, yo y mis muchachos, quienes provocábamos los encuentros. Al caer el sol nos reuníamos en los vagones de mercancías del Legazpi –aparcados en Las Carolinas- nos dábamos cita en aquel lugar para encontrar comida entre el desecho de frutas y verduras. Allí buscábamos amigos, encontrábamos a los perdidos y establecíamos, alrededor de la lumbre, la más apasionante amistad entre golfos y truhanes, roba peras y aventureros. Era una picaresca sala.

Entonces no conocíamos aún las maldades de la droga. Y mi gente era adicta a la musculatura, a entrenar por las mañanas en la casa de campo para ser un día figuras del toreo o boxeadores imbatibles más que los peleadores barriobajeros. El cuadrilátero y la plaza de toros constituían el sueño dorado. Eran hombres de buenos sentimientos y no existía mal huso de la navaja; ni siquiera el dinero, aún el sustraído profesionalmente por nuestros amigos carteristas era el más preciado objeto del deseo. En el aquel entonces se robaba para comer, para vivir, para comprarle una lavadora a “la vieja” pero jamás para especular. Estaba mal visto. Lo más, para chulear en el barrio y hacerse un traje aún nadie se atrevía con el coche ni con la moto. Eso fue después. Mi barrio, Entrevías viejo, era muy singular. Como su nombre indica, se había creado entre las vías de Vallecas y formaba un conglomerado de chabolas alrededor de una iglesita pobre dedicada a San Carlos Borromeo, patrón de los banqueros. En la UVA vivía yo y los muchachos que me cabían en 70 metros cuadrados. Nuestro patio era un almacén de papel y chatarra y un desaparecido vehículo llamado “Godomóbil” era nuestro más codiciado medio de trasporte para personas y mercaderías.

Mi labor pastoral empezaba al anochecer: cuando la gente regresaba de la ciudad. Los poblados de chabolas, la China y el Japón, en medio de os basureros del gran Madrid, eran un lugar de extraña atractiva convivencia de payos y gitanos donde se desarrollaba la vida y a veces se encontraba la muerte para quien no respetar un especial código de comportamiento en el que alguien llevaba la voz cantante. El humo de los crematorios de basuras incombustibles se juntaba con el humo de la hornilla al atardecer y ahí nacía el hogar que yo quería hacer cristiano o debía hacer cristiano predicando las bienaventuranzas. Difícil misión. A menudo me preguntaba como predicar a aquellos estómagos vacíos.

* * *

Estaba ante el despacho del cardenal. Me temblaban las piernas. Llamé a la puerta con los nudillos de la mano. La bronca voz de Don Vicente Enrique y Tarancón me contestó:

-¡Adelante!

Era una voz singular, con tono de cazalla, aunque no bebiera y sabor a tabaco negro que se había de hacer memorable poco tiempo después en el sermón a la Corona en la Iglesia de los Jerónimos.

Esa voz fuerte, segura, aguardentosa en un abstemio sereno me causaba admiración y respeto.

Abrí la puerta. El cardenal estaba sentado en su mesa de despacho. Al verme se levantó y salió a mi encuentro con un gesto paternal que agradecí. Yo estaba visiblemente nervioso.

-¿Qué pasa, Luís, cómo estás? –me interpeló.
-Bien –contesté confuso.
-Te encuentro un poco preocupado.
-Lo estoy, señor cardenal. Voy a tomar una decisión importante.
-Tú dirás. Pero siéntate.

Lo hice en el sillón del confidente en el que muchas veces él había escuchado nuestras inquietudes sacerdotales. Sacó hebra de tabaco y lió un cigarrillo a la vieja usanza mientras me miraba expectante.

-Verá quiero dejar todo esto: el Obispado, el seminario, la radio, las clases,…
-El cardenal no se inmutó. Me escuchaba atento.
-Bueno –proseguí-, no es que deje el sacerdocio. No vaya a pensar que lo voy a dejar. No estoy pidiendo una secularización. No se trata de eso. Simplemente quiero cambiar de vida. Quiero trabajar con los muchachos con los que vivo desde hace tiempo. Son chicos complicados; algunos quieren ser toreros, otros no saben lo que quieren ser ni quien los trajo a este mundo. Estoy arto de buscar y dar peces y quiero enseñarles a pescar. Pescar con ellos.

A medida que iba hablando parecía que me iba afirmando en mis ideas convenciéndome a mí mismo de tantas incertidumbres. Lo que no sabía era si estaba convenciendo al obispo.

Don Vicente me escuchaba sin aparente sorpresa hasta que me preguntó interrumpiendo mi discurso:
-¿Qué vas a hacer? ¿De qué vas a vivir?
Dudé la respuesta. Le miré fijamente. Pero al fin me decidí a decírselo.
-Señor cardenal, ¡voy a poner una taberna!.

* * *

Al acabar de escribir recibo la noticia de la muerte de Don Vicente, el cardenal Tarancón y asisto conmovido a su entierro en la catedral de San Isidro de Madrid, pensando en este hombre que supo escucharme, cuyas horas compartí en momentos críticos en la historia de nuestro país, y supo comprender las dificultades de tan distintos caracteres haciendo verdad lo que de él ha escrito José María Martín Patino: “Llevaba la luz helénica en sus pupilas, el tacto de los mercaderes y la fe intrépida paulina”. Por eso le admirábamos, le queríamos y guardamos hoy su memoria.

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